Al llegar don Juan casi en frente del funesto madero, oyó una voz que dijo: «¡Don Juan!», quien, como se oyó nombrar, miró a todas partes, y no viendo persona alguna, porque aunque ya había cerrado la noche hacía luna, aunque algo turbia, pasó adelante, pareciéndole que se había engañado; y a pocos más pasos oyó otra vez la misma voz, que volvió a decir: «¡Don Juan!» Volvió espantado la cabeza a todas partes y no viendo persona alguna, santiguándose, volvió a seguir su camino, y llegando ya en frente de la horca oyó tercera vez la misma voz que le dijo: «¡Ah, don Juan!» A este último acento, y ya casi enfadado de la burla que hacían de él, se llegó a la horca y viendo los tres hombres en ella, con ánimo increíble les dijo:

—¿Llámame acaso alguno de vosotros?

—Sí, don Juan —respondió el que parecía más mozo—, yo te llamo.

—¿Pues qué es lo que me quieres? —le respondió don Juan—. ¿Quieres que te haga algún bien, o que te haga decir algunas misas?

—No —respondió el hombre—, que por ahora no las he menester. Para lo que te llamo es para que me quites de aquí.

—¿Pues qué, estás vivo? —dijo don Juan.

—Pues si no lo estuviera —replicó el hombre—, ¿qué necesidad tenía de pedirte que me quitases?

—¿Cuándo te ahorcaron? —dijo don Juan.

—Hoy —replicó el hombre.

—¿Pues cómo has podido vivir hasta ahora?