—Para que veáis el amigo que tenéis, y de quién os fiais y traéis a vuestra casa, vuestro amigo don Juan trata de quitaros la honra, solicitando con las muestras que en él habéis visto vuestra mujer; y advertid que la Angeliana por quien publica desvelos soy yo, y a mí es a quien dirige todas sus palabras y versos; que si le dije el otro día lo que delante de vos pasó, fue por reñirle sus atrevimientos; y ni esto ni amenazarle que os lo diría me ha servido de nada, pues se ha atrevido a escribirme tan descaradamente como veréis. Ahora ved qué remedio se ha de poner, porque yo no hallo otro sino quitarle la vida: yo he cumplido con lo que me toca, ahora cumplid con lo que os conviene a vos.

En el discurso de este desengaño veréis, señores, como a las que nacieron desgraciadas nada les excusa de que no lo sean hasta el fin; pues si Camila murió por no haber notificado a su esposo las pretensiones de don Juan, Roseleta, por avisar al suyo de los atrevimientos y desvelos de su amante, no está fuera de padecer lo mismo; porque en la estimación de los hombres el mismo lugar tiene la que habla como la que calla. Dios nos libre si dan en desacreditarnos, que por una medida pasan todas.

Cómo quedaría don Pedro oyendo a Roseleta no hay lengua que lo diga; júzguelo el que lo oye, pues sobre el agravio se le ofrecía ser su mayor amigo quien se le hacía: leyó los papeles una y otra vez, y ya la cólera no le daba lugar a aguardar tiempo para su venganza, pero el amor que a don Juan tenía le atajaba el tomarla: mas, al fin, resuelto a que tal agravio no quedase sin castigo, dispuso dársele de modo que no se supiese por la ciudad, porque no quedase su honor en opiniones; y así le mandó a Roseleta que respondiese a don Juan un papel muy tierno, disculpándose de su ingratitud y dándole a entender que estaba arrepentida del desdén que hasta allí le había mostrado, y que para darle más seguras satisfacciones le aguardaba, al otro día en la noche, en su quinta, que él muy bien sabía, porque su marido iba al otro día fuera de Palermo a un negocio donde había de estar dos días; y que no entrase por la puerta de la quinta sino por un portillo que estaba en la huerta, por excusar que no le viesen los labradores que en dicha quinta había; que en la misma huerta le aguardaba sola con aquella criada que era testigo de sus pensamientos.

Finalmente, el papel le notó don Pedro y le escribió Roseleta. Llevole la criada, ignorante de que era ordenado por su señor, sino creyendo que Roseleta, ya vencida de don Juan, le respondía.

Recibió el papel el enamorado mozo, haciendo y diciendo mil locuras de gozo, satisfaciendo a la mensajera su cuidado; y enviando a decir a su señora que sería obedecida, la despidió.

¡Oh ceguedad de amante, que no advirtió el peligro, ni admiró la liviandad de Roseleta, quien después de tanta repugnancia, tan pronto se mostraba apasionada; antes alabó su dicha, dando gracias al amor porque tras tantas penas le había dado tal gloria!

Llegó la mañana del aplazado día, y don Pedro, con dos criados, apercibido su camino, se partió hallándose don Juan presente, quien de falso se ofreció a ir con él, mas don Pedro, no aceptando, salió de Palermo por diferente puerta de la que iba a la quinta, y luego torciendo el camino, él y sus criados se ocultaron en ella, que no distaba más de tres millas de la ciudad, que es una legua española.

Acabando de comer, Roseleta se entró en su coche con la criada, tercera de los amores; y a vista del mismo don Juan, que no se descuidaba, partió camino de la quinta, y entreteniéndose por el campo hasta que fue de noche, dio la vuelta por otra parte y se volvió a su casa, admirada la criada de lo que veía.

Poco antes de anochecer subió don Juan en un caballo, y solo, caminó hacia la quinta con tanto contento de ir a verse con la hermosa Roseleta que no llevaba pensamiento de azar ninguno, y al salir de la ciudad tocaron al Ave María, que oyéndolo don Juan, aunque divertido de sus amorosos cuidados, pudo más la devoción; y parando en donde oyó la campana se puso a rezar, pidiendo a la Virgen María, nuestra purísima señora, que no mirando la ofensa que iba a hacerle, le librase de peligro y le alcanzase perdón de su precioso Hijo; y acabada su devota oración siguió su camino.

Úsase en toda la Italia ajusticiar los delincuentes en la misma parte que cometen el delito; y aquel mismo día habían, a una milla de la ciudad, ahorcado tres hombres, y a un lado del camino por donde don Juan iba, porque allí habían muerto a unos caminantes por robarlos; y como por allá, y aun en muchas partes de España, los dejan en la horca, estos tres que digo estaban en ella.