Conociendo lo que vale.
Que aunque cruel me maltratas,
Tú vinieras a obligarte
De la vida que aborreces,
Y acabaran tus crueldades.
¡Ay de mí! ¿cómo diré
Mi amor? mas mi lengua calle,
Que si no le has de pagar,
Más justo será ignorarle.
Fue tan grande el enojo que Roseleta recibió en este último papel, que sin mirar riesgos ni temer peligros, con una crueldad de basilisco, tomando este y los demás que tenía guardados se fue a su marido, y poniéndoselos todos en las manos le dijo: