Entró don Jaime alborotado y con pasos descompuestos, y como vio a Elena de la suerte que estaba, llorando como flaca mujer el que había tenido corazón de fiera, se arrojó sobre ella y besándole la mano decía:
—¡Ay, Elena mía, y cómo me has dejado! ¿Por qué, señora, no aguardabas a tomar venganza de este traidor, que dio más crédito a una falsedad que a tus virtudes? Pídesela a Dios, que cualquier castigo merezco.
Don Martín, viéndole con tanta pasión, acudió advertido a quitarle la daga que tenía en la pretina, temiendo no hiciese alguna desesperación; y es lo cierto que la hiciera, pues echando la mano a buscarla y no hallándola, empezó a darse puñadas y arrancarse las barbas y cabellos, y a decir muchos desaciertos.
Acudieron todos llorando y casi por fuerza le sacaron fuera; mas, por cosas que hacían, no le pudieron aquietar hasta que rematadamente perdió el juicio, que sobre las demás lástimas vistas, esta echó el sello; y cuantos estaban presentes, soltando las riendas al dolor, daban gritos como si a cada uno le faltara la prenda más amada de su alma, en particular las doncellas y esclavas de la difunta Elena, que cercadas la tenían llorando y diciendo mil lastimosas razones, abonándola y publicando su virtuosa vida, quienes, por no haberlas querido su señor oír, no lo habían hecho antes.
Viendo don Martín la confusión, mandó que las mujeres se retirasen adentro, y por fuerza entre él y los criados llevaron a don Jaime a su cama y le acostaron, atándole por que no se levantase y se arrojase por alguna ventana, que ese era su tema, que le dejasen quitarse la vida para ir donde estaba Elena, mandando a dos criados no se apartaran de él ni le dejaran solo.
Informose si don Jaime tenía algún pariente en la ciudad, y diciéndole tenía un primo hermano, hijo de una hermana de su madre, caballero rico y de mucha calidad y nobleza, despachó luego uno de los criados con una carta para que viniese a disponer lo necesario en tantos fracasos; y sabido el caso por don Alejandro, e informado de todo, él y su mujer, con mucha gente de su casa, así criados como criadas, con otros caballeros que supieron el caso, vinieron al castillo de don Jaime, donde hallando tantas lástimas, todos juntos lloraban de ternura, y más de ver a Elena que cada hora parecía estar más hermosa.
Sacáronla de donde estaba, que hasta entonces no había consentido don Martín tocar a ella, y puesta en una caja que se mandó traer de la ciudad, después de haber enterrado a la negra, que parecía un retrato de Lucifer, allí, en la capilla del castillo, con don Jaime, el cuerpo de Elena y todo lo demás de hacienda y gente se vinieron a la ciudad a casa de don Alejandro, y don Martín y su camarada con ellos, a quienes todos hacían mucha honra; y después de sepultada Elena con general sentimiento, se trató con médicos afamados dar remedio a don Jaime; mas no fue posible. Allí estuvo don Martín un mes aguardando si don Jaime se aliviaba, y visto que no tenía remedio, despedido de don Alejandro, se embarcó para España, y tomando próspero puerto llegó a la corte.
Visto por Su Majestad las ocasiones en que le había servido, se lo premió como merecía; y llegando a Toledo se casó con su amada prima, con quien vive hoy contento y escarmentado en el suceso que vio por sus ojos, para no engañarse de enredos de malas criadas y criados; y en las partes que se hallaba contaba el suceso que habéis oído de la misma manera que yo le he dicho, donde con él queda bien claramente probada la opinión de que, en lo que toca a la crueldad, son los hombres terribles, pues ella misma los arrastra de manera que no aguardan a segunda información; y se ve asimismo que hay mujeres que padecen inocentes, pues no todas han de ser culpadas, como en la común opinión lo son.
Vean ahora las damas si es buen desengaño considerar que si las que no ofenden pagan, como pagó Elena, ¿qué harán las que, siguiendo sus locos devaneos, no solo dan lugar al castigo, mas son causa de que infamen a todas, no mereciéndolo? Y es bien advertir que, en la era que corre, estamos en tan adversa opinión con los hombres que ni con el sufrimiento los vencemos, ni con la inocencia los obligamos.
Aquí dio fin la hermosa Filis a su desengaño, enterneciendo a cuantos le oyeron la paciencia con que había Elena llevado su dilatado martirio; y los galanes, agradecidos a la cortesía que Filis había tenido con ellos, la dieron corteses agradecimientos; y todos, dando cada uno su parecer, gastaron alguna parte de la noche, que ya iba caminando con apresurado paso a su albergue, para dar lugar al día, que asimismo venía caminando a toda diligencia; y esto fue en tanto que sacaban una costosa y bien dispuesta colación que, por ser tan tarde, no quiso Lisis que fuera cena, quedando avisados que se juntasen el día siguiente más temprano, porque tuviesen lugar después de dichos los cuatro desengaños, de recibir un suntuoso banquete que estaba prevenido.