Saliose, hecho esto, don Jaime fuera, y muy pensativo se paseaba por la sala, dando de rato en rato unos profundos suspiros. A este tiempo llegó don Martín, y muy contento le dijo:
—¿Pues cómo, señor don Jaime, en día de tanta alegría, en que habéis ganado honor y mujer, pudiendo hacer cuenta que hoy os casáis de nuevo con la hermosa Elena, hacéis extremos; y el tiempo que habéis de gozaros en sus brazos le dejáis perder? No tenéis razón; volved en vos y alegraos como todos nos alegramos; dad acá esa llave y saquemos esta triste e inocente señora.
Aquietose algo el pobre caballero y sacando la llave, la dio a don Martín, el cual, abriendo la estrecha puerta, llamó a la dama diciendo:
—Salid, señora Elena, que ya llegó el día de vuestro descanso.
Y viendo que no respondía, pidió le acercasen la luz, y decía bien, que ya Elena no la tenía, y entrando dentro, vio a la desgraciada dama muerta, echada sobre unas pobres pajas, los brazos en cruz sobre el pecho, la una mano tendida, que era la izquierda, y en la derecha, formada con sus hermosos dedos, una perfecta cruz; el rostro, si bien flaco y macilento, pero tan hermoso como un ángel, y la calavera del desdichado e inocente primo junto a la cabecera, a un lado.
Fue tan grande la compasión que le sobrevino al noble don Martín que se le arrasaron los ojos de lágrimas, y más cuando llegó y tentándola la mano, vio que estaba fría, que a la cuenta, así como desde su penosa cárcel debió de oír a su marido contar su lastimosa historia, fue su dolor tan grande que bastó lo que nunca pudo alcanzar la penosa vida que pasaba, viendo el crédito que daba a tan grande engaño, a acabarle la vida.
Viendo pues que ya no había remedio, después de haberle dicho con lágrimas el buen don Martín:
—Dichosa tú, Elena, que ya acabaste con tu desgraciada suerte; y desdichada en que siquiera no supieras cómo ya el cielo volvió por tu inocencia, para que partieras de este mundo con algún consuelo.
Llamó a don Jaime, diciendo:
—Entrad, señor, y ved de lo que ha sido causa vuestro cruel engaño: entrad, os suplico, que para ahora son las lágrimas y los sentimientos, que ya Elena no tiene necesidad de que vos le deis el premio de su martirio, pues ya Dios se le ha dado en el cielo.