Con esto se levantó de la silla, haciendo don Martín y su compañero lo mismo, y mandando a un criado los llevase adonde tenían sus lechos, dándoles las buenas noches se retiró don Jaime adonde tenía el suyo.

Espantados iban don Martín y su compañero del suceso de don Jaime, admirándose cómo un caballero de tan noble sangre, cristiano y bien entendido, tenía ánimo para dilatar tanto tiempo tan cruel venganza en una miserable y triste mujer que tanto había querido, juzgando, como discretos, que también podía ser testimonio que la maldita esclava hubiese levantado a su señora, supuesto que don Jaime no se aseguró de ello; y resuelto don Martín en dárselo a entender otro día, se empezaron a desnudar.

Don Jaime, ya retirado a otra cuadra en donde dormía, con la pasión, como él había dicho, de traer a la memoria los naufragios de su vida, se empezó a pasear por ella, dando suspiros y golpes una mano con otra, que parecía que estaba sin juicio.

Estando en esto, Dios, que no se olvida de sus criaturas y quería, habiendo ya dado (como luego se verá) el premio a Elena de tanto padecer, que no quedase el cuerpo sin honor, ordenó lo que ahora oiréis: y fue que apenas se habían recogido todos, cuando la negra, que acostada estaba, empezó a dar grandes gritos diciendo: «¡Jesús, que me muero, confesión!», y llamando a las criadas por sus nombres, a cada una decía que le llamasen a su señor.

Alborotáronse todas, y entrando donde la negra estaba la hallaron batallando con la cercana muerte. Tenía el rostro y cuerpo cubierto de un mortal sudor, y tras esto con un temblor, que la cama se estremecía, y de rato en rato se quedaba amortecida, que parecía que ya había dado el alma, y luego volvía con los mismos dolores y congojas a temblar y sudar a un tiempo.

Viendo pues que decía que le llamasen a su señor, que le importaba hablarle antes de partir de este mundo, le llamaron, y así él como don Martín y su compañero habían, al alboroto de la casa, salido fuera, y entrando todos tres, y algunos de los criados que vestidos se hallaron, en donde la negra estaba, notó don Martín la riqueza de la cama en que la abominable figura dormía, que era de damasco azul, goteras de terciopelo con franjas y flecos de plata, que a la cuenta juzgó ser la cama misma de Elena, que hasta de aquello la había hecho dueña el mal aconsejado marido.

Así que la negra vio a su señor, le dijo:

—Señor mío, en este paso en que estoy no han de valer mentiras ni engaños; yo me muero, porque a mucha priesa siento que se me acaba la vida, yo cené y me acosté buena y sana, y ya estoy acabando; soy cristiana, aunque mala, y conozco, aunque negra, con el discurso que tengo, que ya estoy en tiempo de decir verdades, porque siento que me está amenazando el juicio de Dios; y ya que en la vida no le he temido, en la muerte no ha de ser de ese modo; y así te juro, por el paso riguroso en que estoy, que mi señora está inocente y no debe la culpa por donde la tenéis condenada a tan rigurosa pena; y que no me perdone Dios si cuanto dije no fue testimonio que la levanté, que jamás yo la vi cosa que desdijese de lo que siempre fue, santa, honrada y honesta; y que su primo murió sin culpa: porque lo cierto del caso es que yo me enamoré de él y le andaba persuadiendo fuese mi amante, y como veía que siempre hablaba con mi señora y que a mí no me quería, di en aquella mala sospecha que se debían de amar, pues aquel día mismo que tú viniste, riñendo mi señora conmigo, la dije no sé qué libertades en razón de esto, que indignada de mi libertad, me maltrató de palabra y obra, y estándome castigando entró su primo, quien, sabido el caso, ayudó también a maltratarme, jurando entrambos que te lo habían de decir, y yo, temiendo tu castigo, me adelanté con aquellas mentiras para que tú me vengases de entrambos, como lo hiciste; mas ya no quiere Dios que esté más encubierta mi maldad; ya no tiene remedio lo hecho: lo que ahora te pido es que me perdones y alcances de mi señora lo mismo, para que me perdone Dios, y vuélvela a su estado, porque por él te juro que es sin culpa lo que está padeciendo.

—Sí haré —dijo a esta última razón don Jaime, los ojos bermejos de furor—: este es el perdón que tú mereces, engañadora y mala hembra, y pluguiera a Dios tuvieras más vidas que esa que tienes para quitártelas todas.

Y diciendo esto se acercó de un salto a la cama, y sacando la daga, la dio tres o cuatro puñaladas, o las bastantes para acelerar más presto la muerte. Fue hecho el caso con tanta presteza que ninguno lo pudo prevenir ni estorbar, ni creo lo hicieran, porque juzgaron bien merecido aquel castigo.