Cuando considero las traiciones de una mujer, se me acaba la vida: ¡con qué disimulación me acarició, pidiéndome que si había de volver al castillo no la dejase, que estando apartada de mí no vivía! Pues apenas estuve sosegado en mi casa, me llamó aparte esta negra que aquí veis, que nació en mi casa de otra negra y un negro, que siendo los dos esclavos de mis padres, los casaron, y me dijo llorando:

—Ya, señor, no será razón encubrirte la maldad que pasa, que fuera negarme a la crianza que tus padres y tú hicisteis a los míos, y a mí y al pan que como: sabe Dios la pena que tengo en llegar a decirte esto, mas no es justo que pudiendo remediarlo, por callar yo, vivas tú engañado y sin honra; y por no detenerme, que temo no será más mi vida de cuanto me vean hablar contigo, porque así me han amenazado, mi señora y su primo tratan en tu ofensa e ilícito amor y, en faltando tú, en tu lugar ocupa su primo tu lecho; yo lo había sospechado y cuidadosa lo miré, y es el mal que lo sintieron. Yo te he avisado de la traición que te hacen; ahora pon en ello el remedio.

Cómo quedé, buenos amigos, el cielo solo lo sabe, y vosotros lo podéis juzgar. Mil veces quise sacar la lengua a la vil mensajera y otras no dejar en toda la casa nada vivo; mas viendo que era espantar la caza si lo hacía, me reporté, y disimulando mi desventurada pena, traté otro día, no teniendo ya paciencia para aguardar a ver mi agravio a vista de mis ojos, de que nos viniésemos aquí; y dando a entender que me importaba estar aquí más despacio que otras veces, envié todo el menaje de casa, criados y esclavos primero, y luego partimos nosotros.

Elena, con gusto de lo que yo le tenía, aunque fuese por cautela y disimulación, que estoy en que lo era, y aunque no lo fuese, pues al honor de un marido solo que él lo sospeche basta, cuanto más habiendo testigo de vista, convino en todo placentera.

Lo primero que hice, ciego de furiosa cólera, en llegando aquí, fue quemar vivo al traidor primo de Elena, reservando su cabeza para lo que habéis visto, que es la que traía en las manos para que le sirva de vaso en que beba los acíbares, como bebió en su boca las dulzuras.

Luego, llamando a la negra que me había descubierto la traición, la di todas las joyas y galas de Elena delante de ella misma, y la dije, por darle más dolor, que ella había de ser mi mujer, y como a tal se sirviese y mandase de la hacienda, criadas y criados, durmiendo en mi misma cama, aunque esto no lo ejecuto, pues antes que Elena acabe, la he de quitar a ella también la vida.

Queríase disculpar Elena, mas no se lo consentí. No la maté luego, porque una muerte breve es pequeño castigo para quien hizo tal maldad contra un hombre que, sacándola de su miseria, la puso en la alteza que os he contado.

En fin, de la suerte que veis ha dos años que la tengo, no comiendo más de lo que hoy ha comido y bebido, ni teniendo más de unas pajas para cama, ni aquel rincón donde está es mayor que lo que cabe su cuerpo echado, que aun en pie no se puede poner; su compañía es la calavera de su traidor y amado primo, y así ha de estar hasta que muera, viendo cada día la esclava que ella más aborrecía adornada de sus galas, y en el lugar que ella perdió en mi mesa y a mi lado.

Esto es lo que habéis visto y lo que os tiene tan admirados. Consejo no os lo pido, que no lo tengo de tomar aunque me lo deis, y así podéis excusaros de ese trabajo; porque si me decís que es crueldad que viva muriendo, ya lo sé, y por eso lo hago.

Si dijéredes que fuera más piedad matarla, digo que es la verdad, que por eso no la mato: porque pague los agravios con la pena, y los gustos que perdió y me quitó con los disgustos que pasa; con esto idos a reposar sin decirme nada, porque, de haber traído a la memoria estas cosas, estoy con tan mortal rabia que quisiera que fuera hoy el día en que supe mi agravio, para poder de nuevo ejecutar el castigo. Mañana nos veremos, y podrá ser que esté más humana mi pasión y os oiré todo lo que me quisiéredes decir; no porque he de mudar de propósito, sino por no ser descortés con vosotros.