Al ruido volvió mi camarada y salieron de las casas vecinas gentes, y de mi posada los amigos, que aún no estaban acostados por haberse puesto a jugar, y los traidores, viendo lo que les importaba, se pusieron en fuga, que si no, tengo por sin duda que no se fueran hasta acabarme.

Lleváronme a la posada medio muerto, trajeron a un tiempo los médicos para el alma y para el cuerpo, que no fue pequeña misericordia de Dios quedar para poderme aprovechar de ellos. En fin, llegué a punto de muerte; mas no quiso el cielo que se ejecutase entonces esta sentencia.

Púsose tanto cuidado en mi cura como me hallé con dinero para hacerlo, que vine a mejorar de mis heridas y estar ya para poderme levantar; y cuando lo empezaba a hacer, me envió el general a decir con el sargento mayor que tratase de salir luego de aquel país y me volviese a mi patria, porque me hacía cierto de que quien me había puesto en el estado que estaba aún no estaba vengado, que así se lo avisaban por un papel que le habían dado, sin saber quién; y que le decían en él que por loco y mal celador de secretos había sido; que no hiciese juicios, que de mano de una mujer se había todo originado.

En esto conocí de qué parte había procedido mi daño; y así, sin aguardar a estar más convalecido, me puse en camino, y con harto trabajo, por mi poca salud, llegué a mi patria, donde hallé que ya la airada parca había cortado el hilo de la vida a mi madre, y a mi padre, viejo y muy enfermo, por lo que dentro de un año siguió a su amada consorte.

Quedé rico, y en lo mejor de mi edad, pues tenía a la sazón treinta y tres a treinta y cuatro años. Ofreciéronseme luego muchos casamientos de señoras de mucha calidad y hacienda, mas yo no tenía ninguna voluntad de casarme porque aún vivía en mi alma la imagen adorada de madama Lucrecia, perdida el mismo día que la vi, pues aunque había sido causa de tanto mal como padecí, no la podía olvidar ni aborrecer; hasta que una Semana Santa, acudiendo a la iglesia mayor a los divinos oficios, vi un sol, poco digo, un ángel; vi, en fin, un retrato de Lucrecia, tan parecido a ella que mil veces me quise persuadir a que, arrepentida de haberme puesto en la ocasión que he dicho, se había venido tras mí: vi, en fin, a Elena, que este es el nombre de aquella desventurada mujer que habéis visto comer los huesos y migajas de mi mesa; y así como la vi, no la amé, porque ya la amaba; la adoré, y luego propuse, si no había causa que lo estorbase, a hacerla mi esposa; seguila, informeme de su calidad y estado; supe que era noble, mas tan pobre que aun para una medianía le faltaba; era doncella, y sus virtudes las mismas que pude desear, pues el dote de la hermosura se allegaba al de honesta, recogida y bien entendida: no tenía padre, que había muerto un año había, y su madre era una honrada y santa señora.

Contento de todo, haciendo cuenta que la virtud y hermosura era la mayor riqueza, y que en tener a Elena tenía más riquezas que tuvo Midas, me casé con ella, quedando madre e hija tan agradecidas que siempre lo estaban repitiendo; y yo, como más amante, me tuve en merecerla por el más dichoso de los hombres.

Saqué a Elena de la mayor miseria a la mayor grandeza, como habéis visto en esta negra que ha estado a mi mesa esta noche, dando envidia a las más nobles damas de toda la Gran Canaria, tanto con la hermosura como con la grandeza en que la veían; luciendo tanto la belleza de Elena con los atavíos y ricas joyas, que se quedaban embelesados cuantos la veían: y yo cada día más y más enamorado, buscando nuevos rendimientos para más obligarla, amábala tan ternísimamente que las horas sin ella juzgaba siglos, y los años en su compañía, instantes. Elena era mi cielo, Elena era mi gloria, Elena era mi jardín, Elena mis holguras y Elena mi recreo.

¡Ay de mí, y cómo me tendréis por loco, viéndome recrear con el nombre de Elena, y maltratarla como esta noche habéis visto! Pues ya es Elena mi asombro, mi horror, mi aborrecimiento; fue mujer Elena, y como mujer ocasionó sus desdichas y las mías. Murió su madre a los seis años de casada Elena, y sentilo yo más que ella: ¡pluguiera al cielo viviera, que quizá a su sombra fuera su hija la que debía ser!

Tenía Elena un primo hermano, hijo de una hermana de su padre, mozo galán y bien entendido; mas tan pobre que no tenía para poder seguir sus estudios y dedicarse a la iglesia; y yo, que todas las cosas de Elena las estimaba mías, para que pudiera conseguir los estudios le traje a mi casa, comiendo, vistiendo y triunfando a costa mía, y se lo daba yo con mucho gusto, porque le tenía en lugar de hijo.

Ya había ocho años que éramos casados, pareciéndome a mí que no había una hora: vivíamos en la ciudad, si bien los veranos nos veníamos a este castillo a recoger la hacienda del campo, como todos hacen; y aquel verano, que fue en el que empezó mi desdicha, sucedió no estar Elena buena; y creyendo que fuesen achaques de preñada, como yo lo deseaba, no la consentí venir aquí: vine yo solo, y como el vivir sin ella era imposible, a los ocho días, instándome el deseo de verla, volví a la ciudad con el mayor contento que puede imaginarse: llegué a sus brazos, y fui recibido con el mismo.