Besele las manos por las mercedes que me hacía y las que de nuevo me ofrecía; y siendo hora, colmado de dichas y dineros y muy enamorado de la linda Lucrecia, me vine a mi posada, dando cuenta a don Baltasar de lo que había pasado; si bien cuidadoso de que conocí en Lucrecia quedar triste y confusa.
Otro día por la mañana me vestí aun con más gala y cuidado que otras veces y con mi camarada salimos a la calle según costumbre, y como mozo mal regido y enamorado, empezamos a dar vueltas por la calle, ya hacia arriba y ya abajo, mirando a las ventanas porque ya los ojos no podían excusarse en buscar la hermosura que habían visto, y después de comer gastamos la tarde en lo mismo.
¡Ay de mí!, y cómo ya mi desdicha me estaba persiguiendo, y mis venturas, cansadas de acompañarme, me querían dejar; porque no habiendo en todo el día visto ni aun sombra de mujer en aquella casa, llegamos a la mía, y mientras don Baltasar fue al cuerpo de guardia yo me quedé a la puerta.
Era poquito antes de anochecer, como se dice entre dos luces, cuando llegó a mí una mujer en traje de flamenco, con una mascarilla en el rostro, y me dijo en lengua española, que ya la saben todos en aquel reino por la comunicación que hay con españoles:
—Mal aconsejado mozo, salte de la ciudad al punto; mira que no te va menos que la vida, porque esta noche te han de matar por mandado de quien más te quiere; y por la lástima que tengo a tu juventud y gallardía, con harto riesgo mío te aviso.
Y diciendo esto se fue como el mismo viento, sin aguardar respuesta mía, ni yo poder seguirla, porque al mismo punto llegó don Baltasar con otros amigos que posaban con nosotros; y si os he de decir la verdad, aunque no vinieran, no la pudiera seguir, según cortado y desmayado me dejaron sus palabras; si bien me colegí que fuese mi amada señora el juez que me condenaba a tan precisa y cercana muerte: con todo eso, como llegaron los amigos, me cobré algo, y después de haber cenado, aparté a don Baltasar y le conté lo que me había pasado, que echando mil juicios, unas veces temiendo y otras con el valor que requerían tales cosas, estuvimos hasta los tres cuartos de las diez, que ya cansado de pensar qué sería, con la soberbia que mi valor me daba dije:
—Las diez darán; vamos, amigo, y venga el mundo, que aunque me cueste la vida, no dejaré la empresa comenzada.
Salimos, llegué al puesto, dieron las diez y no vino el que esperaba; aguardé hasta las once, y viendo que no venía, dije a don Baltasar:
—Puede ser que si acaso os han visto, no lleguen por eso: apartaos y encubríos en esta callejuela, veamos si es esta la ocasión.
Y apenas don Baltasar se desvió donde le dije, cuando salieron de una casa más abajo de donde yo estaba seis hombres armados y con máscaras, y disparando dos de ellos dos pistolas, y los otros metiendo mano a las espadas, me acometieron cercándome por todas partes: de las pistolas, la una fue por alto, mas la otra me acertó en un brazo, que si bien no encarnó para hacerme pedazos, bastó a herirme muy mal: metí mano y quise defenderme, mas fue imposible, porque a cuchilladas y estocadas, como eran seis contra mí, me derribaron, herido mortalmente.