Admirose y tornose a admirar don Baltasar, y después de haber dado y tomado sobre el caso me dijo:
—¿Es posible, amigo, que no hemos de saber esta casa dónde es, siquiera para seguridad de vuestra vida?
—Dudoso lo hallo —dije yo—, por el modo con que me llevan.
—No muy dudoso —dijo don Baltasar—, pues se puede llevar una esponja empapada en sangre, y esta acomodada en un vaso, y haciendo con ella al entrar o salir una señal en la puerta, será fácil otro día que hallemos por ella la casa.
En fin, para abreviar, aquella misma noche llevé la esponja y señalé la puerta, y otro día don Baltasar y yo no dejamos en toda la ciudad calle ni plaza, rincón ni callejuela, que no buscamos; mas nunca tal señal pudimos descubrir, y volviéndonos ya a la posada, cansados y admirados del caso, no a veinte casas de ella, en unas muy principalísimas, vimos la señal de la sangre, de que quedamos confusos y atónitos, y que el rodear, cuando me llevaban, tanto, juzgamos era por deslumbrarme, para que juzgase que era muy lejos.
Informámonos cúyas eran las dichas casas y supimos ser de un príncipe y gran potentado de aquel reino, ya muy viejo, y que solo tenía una hija heredera de todo su estado y riqueza, viuda, mas muy moza, por haberla casado niña, y de las más bellas damas de aquel país. Mirámoslo todo muy bien y notamos que, aunque había muchas rejas y balcones, todas estaban con muy espesas celosías, por donde se podía ver sin ser vistos.
Recogímonos a la posada hablando del caso, y después de haber cenado, nos salimos, yo a mi puesto, para aguardar mi guía, y don Baltasar a ocultarse en la misma casa hasta satisfacerse, y al fin nos enteramos de todo, porque venido mi viejo norte, yo me fui a mis oscuras glorias, y don Baltasar aguardó hasta que me vio entrar, con que se volvió a la posada y yo me quedé con mi dama, con la cual, haciéndole nuevas caricias y mostrándole mayores rendimientos, pude alcanzar, aunque contra su voluntad, dejarse ver: así ella misma fue por la luz, y sacando entre sus hermosos dedos una bujía de cera encendida, vi, no una mujer sino un serafín, y sentándose junto a mí, me dijo:
—Ya me ves, don Jaime, quiera el cielo no sea para perderme: madama Lucrecia soy, princesa de Erne, no dirás que no has alcanzado conmigo cuanto has querido, mira lo que haces.
¡Ay, qué desórdenes hace la mocedad! Si yo tuviera en la memoria estas palabras, no hubiera llegado al estado en que estoy, y le tuviera mayor, porque matando la luz, prosiguió diciendo:
—Mi padre es muy viejo, no tiene otro hijo sino a mí, y aunque me salen muchos casamientos, ninguno acepto ni aceptaré hasta que el cielo me dé lugar para hacerte mi esposo.