—¿Pues en qué conocéis que aquí es el cielo? —me replicó.

—En la gloria que siento en el alma y en el olor y dulzura de este albergue, y que, aunque ciego, o yo soy de mal conocimiento, o esta mano que tengo en la mía no puede ser sino de un ángel.

—¡Ay, don Jaime! —me volvió a replicar—, no juzgues a desenvoltura esto que has visto sino a fuerza de amor, de que he querido muchas veces librarme y no he podido, aunque he procurado armarme de la honestidad y de la calidad que tengo; mas tu gala y bizarría han podido más, y así han salido vencedoras, rindiendo todas cuantas defensas he procurado poner a los pies de tu valor, con lo cual, atropellando inconvenientes, te he traído de la manera que ves; porque tanto a ti como a mí nos importa vivir con este secreto y recato; y así, para conseguir este amoroso empleo, te ruego que no lo comuniques con nadie, que si alguna cosa mala tenéis los españoles es el no saber guardar secreto.

Con esto me desvendó los ojos, aunque fue como si no lo hiciera, porque todo estaba a oscuras; y yo, agradeciéndole tan soberanos favores, con el atrevimiento de estar solos y sin luz, empecé a procurar por el aliento a conocer lo que la vista no podía, brujuleando partes tan realzadas, que la juzgué en mi imaginación por alguna deidad.

Hasta dada la una estuve con ella gozando regaladísimos favores, cuanto la ocasión daba lugar, y pareciéndole hora, como me hubiese dado un bolsillo grande y con buen bulto, pues estaba tan lleno que apenas se podía cerrar, se despidió de mí con amorosos sentimientos, y volviéndome a vendar los ojos, diciendo que la noche siguiente no me descuidase de estar en el mismo puesto, salió conmigo hasta la puerta por donde entré, y entregándome al mismo que me había traído, volviendo a cerrar, bajamos donde estaba el caballo, y subiendo en él, caminamos otro tanto tiempo como a la ida, hasta ponerme en el mismo puesto de donde me había sacado.

Llegué, en yéndose el criado, a mi posada, y hallando en ella ya acostados y durmiendo a mis camaradas, me entré a mi aposento, y haciéndome millares de cruces del suceso que por mí pasaba, abrí el bolsillo, y había en él una cadena de peso de doscientos escudos de oro, cuatro sortijas de diamantes, y cien doblones de a cuatro. Quedé absorto, juzgando que debía de ser mujer poderosa, y dando gracias a mi buena dicha pasé la noche, dando otro día cadena al cuello y a las manos relumbrones, jugando largo y gastando liberal con los amigos: tanto que ellos me decían que de qué Indias había venido; a quienes satisfacía con decir que mi padre me lo había enviado; y a la noche siguiente aguardando en el puesto a mi guía, que fue muy cierta a la misma hora, a quien recibí con los brazos, y con darle lo que merecía su cuidado, con esto de la misma suerte que la noche pasada fui recibido y agasajado, y bien premiado mi trabajo, pues aquella noche me proveyó las faltriqueras de tantos doblones que sería imposible el creerlo.

De esta suerte pasé más de un mes, sin faltar noche alguna mi guía, ni yo de gozar mi dama encantada, ni ella de colmarme de dineros y preciosas joyas, que en el tiempo que digo largamente me dio más de seis mil ducados, con que yo me trataba como un príncipe, sin que, en todo este tiempo que he dicho, permitiese dejarse ver; y si la importunaba para ello, me respondía que no nos convenía; porque verla y perderla había de ser uno; mas como las venturas fundadas en vicios y deleites perecederos no pueden durar, cansose la fortuna de mi dicha y volvió su rueda contra mí; y fue que como mis amigos y camaradas me veían tan medrado y poderoso, sospecharon mal y empezaron a hablar peor; porque echando juicios y haciendo discursos de donde podía tener yo tantas joyas y dineros, dieron en el más ínfimo, diciendo que era ladrón o salteador, y esto lo hablaban en mis espaldas tan descaradamente que vino a oídos de un camarada mío, llamado don Baltasar: y si bien en varias ocasiones había vuelto por mí, y puéstose en muchos riesgos, enfadado de verme en tan mala opinión y quizá temiendo no fuese verdad lo que decían, me apartó una tarde de todos y sacándome al campo me dijo:

—Cierto, amigo don Jaime, que ya es imposible el poder excusar deciros mi sentimiento, para lo que aquí os he traído, y creedme que el quereros bien lo ocasiona, porque siento tanto el oír hablar mal de vos, como se hace entre todos los que os conocen y os han visto no tan sobrado como estáis; y para decirlo de una vez, sabed que después que os ven con tantos aumentos y mejorado de galas y joyas, como hacéis alarde de unos días a esta parte, entre los soldados, todos juntos y cada uno de por sí, haciendo conjeturas y juicios de dónde os puede venir, dicen públicamente que lo tenéis de donde aun yo me avergüenzo de decirlo, mas ya no es tiempo de que se os encubra; dicen, en fin, que debéis de hurtar y capear, infiriéndolo de que os ven faltar de casa todas las noches: yo he tenido por volver por vos muchos enfados, mas es caso dificultoso poder uno solo contra tantos.

Ruégoos, por la amistad que entre los dos hay, que es más que parentesco, me saquéis de esta duda, para que ya que los demás estén engañados, no lo esté yo, que soy también hombre y puede ser que viendo que os guardáis y cauteláis de mí, crea el mismo engaño que los demás creen, y sabiendo yo lo contrario, pueda seguramente volver por vuestra perdida opinión y sustentar la mía.

Reíme muy de voluntad oyendo a don Baltasar lo que me decía, y quise disculparme dando diferente color al caso, por no descubrir el secreto de mi amada prenda, que ya a este tiempo, con las cargas de las obligaciones que la tenía, aunque no la veía, la quería; mas al fin, don Baltasar apretó tanto la dificultad que, pidiéndole por la amistad que había entre los dos me guardase el secreto, avisándole el riesgo que me corría, le conté todo lo que me había sucedido y sucedía.