«Tu talle, español, junto con las demás gracias que te dio el cielo, me fuerzan a desear hablarte: si te atreves a venir a mi casa con las condiciones que te dirá ese criado, no te pesará de haberme conocido. Dios te guarde.»

Viendo que el papel no decía más y que se remitía a lo que dijese el criado, le pregunté el modo de poder obedecer lo que en aquel papel se me mandaba, y me respondió que no había que advertirme más de que si me resolvía a ir, que le aguardase en dando las diez en aquel mismo puesto, que él vendría por mí y me llevaría.

Yo, que con la juventud que tenía, la facultad que profesaba, y ayudado de mi noble sangre, no miraba en riesgos ni temía peligros, pareciéndome que aunque fuese a los abismos no aventuraba nada, porque no conocía la cara al temor, acepté la ida respondiendo que le aguardaría.

Advirtiome el sagaz mensajero que en este caso no había más riesgo que el de comunicarlo con nadie, y que así me suplicaba que ni a camarada ni a amigo lo dijese, que importaba a mí y a la persona que le enviaba.

Asegurado de todo, y sin sosiego hasta ver el fondo a un caso con tantas cautelas gobernado, apenas vi que serían las diez cuando, hurtándome a mis camaradas, me fui al señalado puesto, y dando el reloj las diez, llegó mi viejo en un valiente caballo, que por hacer la noche entre clara se dejaba ver, y bajando de él lo primero que hizo fue vendarme los ojos con un tafetán de que venía apercibido, de cuya acción unas veces dudaba fuese segura y otras me reía de semejantes transformaciones; y diciendo que subiese en el caballo, subió él a las ancas y empezamos a caminar, pareciéndome, en el tiempo que caminamos, que habían sido dos millas, porque cruzando calles y callejuelas, como por ir tapados los ojos no podía ver por dónde iba, muchas veces creí que volvíamos a caminar lo que ya habíamos andado.

En fin, llegamos al cabo de más de una hora a una casa, y entrando en el zaguán, nos apeamos, y así, tapados los ojos como estaba, me asió de la mano y me subió por unas escaleras.

Yo os confieso que en esta ocasión tuve algún temor y me pesó de haberme puesto en una ocasión, que ella misma, pues iba fundada en tanta cautela, estaba amenazando algún grave peligro; mas considerando que ya no podía volver atrás y que no era lo peor haberme dejado mi daga y espada, y una pistola pequeña que llevaba en la faltriquera, me volví a cobrar, pues juzgué que, teniendo con que defenderme, ya que muriese, podía matar.

Acabamos de subir, y en medio de un corredor, a lo que me pareció por haber tentado las barandas, con una llave que traía abrió una puerta, y trasladando, al entrar por ella, mi mano, que en la suya llevaba a otra que al parecer del tacto juzgué mejor, sin hablar palabra volvió a cerrar y se fue, dejándome más encantado que antes; porque la dama a quien me entregó, según juzgué por el rugir de la seda, fue conmigo caminando otras tres salas, y en la última, llegando a un estrado, se sentó y me dijo que me sentase.

Animeme cuando la oí hablar, y díjele:

—Gracias a Dios, señora mía, que ya sé que estoy en el cielo, y no como he creído que me llevaban a los infernales abismos.