—Si bien, buenos amigos, el trabajo pasado en la mar os ha hecho necesario más el descanso y reposo que el oír sucesos, véoos tan admirados de lo que en esta casa veis que estoy seguro que no os pesará el oír el mío, y la causa de los extremos que veis, que los juzgaréis encantamientos de los que se cuentan había en la primera edad del mundo; y porque salgáis de la admiración en que os veo, si gustáis de saberla, con vuestra licencia os contaré mi prodigiosa historia, asegurándoos que sois los primeros a quienes la he dicho y han visto lo que en este castillo pasa; porque desde que me retiré a él de la ciudad, no he consentido que ninguno de mis deudos o amigos que me vienen a ver pasen de la primera sala, ni mis criados se atreverán a contar a nadie lo que aquí pasa, pena de que les costara la vida.
—Antes, amigo y señor —respondió don Martín—, te suplico que lo digas y me saques de la confusión en que estoy, que no puedo tener el descanso que dices que mi fatiga ha menester sin saber primero la historia que encierra tan prodigiosos misterios.
—Pues supuesto eso, os la diré —dijo el caballero—: estadme atentos, que pasa así:
Mi nombre es don Jaime de Aragón, que este mismo fue el de mi padre, quien fue natural de Barcelona, en el reino de Cataluña, y de nobles caballeros de ella, como lo dice mi apellido.
Tuvo mi padre con otros caballeros de su patria unas competencias sobre el galanteo de una dama, y fue de suerte que llegaron a sacar las espadas, donde mi padre, o por más valiente, o más bien afortunado, dejando uno de sus contrarios en el último vale, se escapó en un caballo al reino de Valencia, y embarcándose allí, pasó a Italia, donde estuvo algunos años en la ciudad de Nápoles sirviendo al rey como valeroso caballero, donde llegó a ser capitán; y ya cansado de andar fuera de su patria, volviéndose a ella, con tormenta derrotado, como vosotros, en esas peñas y salvando la vida por el mismo modo, estándose reparando en la ciudad del trabajo pasado, vio a mi madre, que habiendo muerto sus padres, la habían dejado niña y rica. Finalmente, al cabo de dos años que la galanteó, vino a casarse con ella.
Tuviéronme a mí solo por fruto de su matrimonio, que llegando debajo de su educación a la edad floreciente de diez y ocho años, era tan inclinado a las armas que pedí a mis padres la licencia para pasar a Flandes a emplear algunos años en ellas y ver tierras.
Tuviéronlo por bien mis padres, porque no perdiese el honor que por tan noble ejercicio podía ganar, aunque con paternal sentimiento me acomodaron de lo necesario, y tomando su bendición, me embarqué para Flandes, que llegando a ella, asenté mi plaza y acudí a lo que era necesario en el ejercicio que profesaba, y en esto empleé seis años, y pienso que estuviera hasta ahora si no me hubiera sucedido un caso, el más espantoso que habréis oído.
Tenía yo a esta sazón veinte y cuatro años, el talle conforme a la floreciente edad que tenía, las galas como de soldado y las gracias como de mozo, acompañando a esto el valor de la noble sangre que tengo.
Pues estando un día en el cuerpo de guardia con otros camaradas y amigos, llegó a mí un hombre anciano, que al parecer profesaba ser escudero, y llamándome a un lado me dijo que le oyese una palabra, y despidiéndome de mis amigos, me aparté con él, que en viéndome solo me puso en la mano un papel, diciendo que leyese y de palabra le diese la respuesta.
Leíle, y contenía estas razones: