Juzgó don Martín, harto enternecido de verla destilar de sus hermosos ojos sartas de cristalinas perlas, que si en aquel traje se descubrían tanto los quilates de su belleza, que en otro más precioso fuera asombro del mundo; y como llegó cerca de la mesa, se entró debajo de ella.

La otra que por la otra puerta salió era una negra, tan tinta que el azabache era blanco en su comparación, y sobre esto, tan fiera que juzgó don Martín que si no era el demonio, que debía ser retrato suyo; porque tenía las narices tan romas que imitaban los perros bracos que ahora están tan validos, y la boca con tan grande hocico y bezos tan gruesos que parecía boca de león, y lo demás a esta proporción.

Pudo muy bien don Martín notar su rostro y costosos aderezos en lo que tardó en llegar a la mesa, por venir delante de ella las dos doncellas con dos candeleros de plata en las manos, y en ellos dos bujías de cera encendidas.

Traía la fiera y abominable negra vestida una saya entera con manga en punta, de un raso de oro encarnado, tan resplandeciente y rica que una reina no la podía tener mejor; collar de hombros y cintura de resplandecientes diamantes; en su garganta y muñecas, gruesas y albísimas perlas, como lo eran las arracadas que colgaban de sus orejas; en la cabeza, muchas flores y piedras de valor, como lo eran las sortijas que traía en sus manos.

Así que llegó, el caballero, con alegre rostro, la tomó por la mano y la hizo sentar a la mesa, diciendo:

—Seáis bien venida, señora mía.

Y con esto se sentaron todos, la negra a su lado y don Martín y su camarada enfrente, tan admirados y divertidos en mirarla que casi no se acordaban de comer.

Bien notó el caballero la suspensión, mas no por esto dejó de regalar y acariciar a su negra y endemoniada dama, dándola los mejores bocados de su plato; y a la desdichada belleza que estaba debajo de la mesa, los huesos y mendrugos, que aun para los perros no eran buenos, pero como tan necesitada de sustento, los roía como si fuera uno de ellos.

Acabada la cena, la negra se despidió de los caballeros y de su amante o marido, que ellos no podían adivinar qué fuese, y se volvió por donde había venido, con la misma solemnidad de salir las doncellas con las luces; y saliendo de debajo de la mesa la maltratada hermosura, un criado, de los que asistían a servir, en la calavera que traía en las manos la echó agua, y volviéndose a su albergue, cerró el criado la puerta con llave y se la dio a su señor.

Pasado pues esto, y los criados idos a cenar, viendo el caballero a sus huéspedes tan suspensos pensando en las cosas que en aquella casa veían, sin atreverse a preguntar la causa les habló de esta suerte: