Tenía, sobre un vestido costoso y rico, un gabán de terciopelo carmesí, con muchos pasamanos de oro y al uso español, de que no se alegraron poco nuestros mojados y hambrientos caminantes, dando mil gracias a Dios de que, ya que con tanto trabajo los había guiado hasta allí, fuese tierra de cristianos, porque hasta aquel punto habían temido lo contrario.
Yéndose para el caballero, que se paró a esperarlos, juzgando en verlos venir así lo que podía ser, y como llegasen más cerca pudieron ver que era un hombre de hasta cuarenta años y algo moreno, mas de hermoso rostro, el bigote y cabello negro y algo encrespado. Llegando pues más cerca, con semblante severo y alegre los saludó con mucha cortesía, y prosiguió diciendo:
—No tengo necesidad, señores, de preguntaros qué ventura os ha traído aquí, que ya juzgo en el modo que venís, a pie y mal enjutos, que habéis escapado de alguna derrotada nave que en la tempestad pasada se ha perdido, haciéndose pedazos en estas peñas; y no ha sido pequeña merced del cielo en haber escapado con las vidas, que ya otros muchos han perecido sin haber podido tomar tierra.
—Así es —respondió don Martín, después de haberle vuelto los corteses saludos—, y suplícoos, señor caballero, me hagáis merced de decirme qué tierra es esta, y si hallaremos cerca algún lugar donde poder repararnos del trabajo pasado y del que nos fatiga, que es no haber comido dos días ha.
—Estáis, señores —respondió el caballero—, en la Gran Canaria, si bien por donde la fortuna os la hizo tomar es muy dificultoso el conocerla, y de aquí a la ciudad hay dos leguas; y supuesto que ya el día va a la última jornada, será imposible llegar a ella a tiempo que os podáis acomodar de lo que os falta, y más siendo forasteros, que es fuerza ignoréis el modo, y supuesto la necesidad que tenéis de sustento y descanso, porque me parecéis en la lengua españoles, y tener yo gran parte de esta dichosa tierra, que es de lo que más me honro, os suplico aceptéis mi casa para descansar esta noche y todo el tiempo que más os diere gusto, que en todo podéis mandar como propia, y yo lo tendré por muy gran favor; que después yo iré con vosotros a la ciudad, donde voy algunas veces, y os podréis acomodar de lo que os faltare para vuestro viaje.
Agradecieron al noble caballero don Martín y su camarada con corteses razones lo que les ofrecía, aceptando, por la necesidad que tenían, su piadoso ofrecimiento; y con esto todos tres y algunos criados que habían salido del castillo se entraron en él; y cerrando y echando el puente, por ser ya tarde y aquellos campos mal seguros de salteadores y bandoleros, subieron a lo alto.
Iban notando nuestros héroes que el caballero debía ser muy principal y rico, porque todas las salas estaban muy aliñadas de ricas colgaduras y excelentes pinturas, y de otras cosas curiosas que decían el valor del dueño, sin faltar mujeres que acudieron a poner luces y ver qué se les mandaba tocante al regalo de los huéspedes que su señor tenía, porque salieron, habiéndolas llamado, dos doncellas y cuatro esclavas blancas herradas en los rostros, a quienes el caballero dijo que fuesen a su señora y la dijesen mandase apercibir dos buenas camas para aquellos caballeros, juntas en una cuadra, y que se aderezase presto la cena, porque necesitaban de comer y descansar; y mientras esto se hacía, don Martín y el compañero se quedaron con el caballero, contando de su viaje y del modo que habían llegado allí, juzgando, por lo que a las criadas había dicho dijesen a su señora, que el caballero era casado.
Aderezada la cena y puestas las mesas, ya que iban a sentarse, se les ofrecieron a la vista dos cosas de que quedaron bien admirados, sin saber qué les había sucedido; y fue que, diciéndoles el caballero que se sentasen, y haciendo él lo mismo, sacó una llave de la faltriquera, y dándola a un criado, abrió con ella una pequeña puerta que en la sala había, por donde vieron salir, cuando esperaban o que saliesen algunos perros de caza u otra cosa semejante, salió, como digo, una mujer, al mismo tiempo que, por la otra donde entraban y salían las criadas, otra, que la vista de cualquiera de ellas causó a don Martín y su compañero tan grande admiración que, suspendidos, no se les acordó de lo que iban a hacer, ni atendieron a que el caballero les daba prisa que se sentasen.
La mujer que por la pequeña puerta salió parecía tener hasta veinte y seis años, hermosísima con tan grande extremo que juzgó don Martín, con haberlas visto muy lindas en Flandes y España, que esta las excedía a todas; mas tan flaca y sin color, que parecía más muerta que viva, o que daba muestras de su cercana muerte.
No traía sobre sus blanquísimas y delicadas carnes sino un saco de una jerga muy basta, y este le servía de camisa, faldellín y vestido, ceñido con un pedazo de soga. Los cabellos, que más eran madejas de Arabia que otra cosa, partidos en trenza, como se dice, al estilo aldeano, y puestos detrás de sus orejas, y sobre ellos arrojada una toca de lino muy basto. Traía en sus hermosas manos (que parecían copos de nieve) una calavera.