No hay gusto para mí que gusto sea!

Así cantaba para divertir su pena, siendo tan grande como quien sabe qué es ausencia, don Martín, caballero mozo, noble, galán y bien entendido, natural de la imperial ciudad de Toledo, a quien deseos de aumentar honor habían ausentado de su patria y apartado de una gallarda y hermosa dama, prima suya, a quien amaba para esposa; cuando navegaba la vuelta de España, honrado de valerosos hechos y acrecentado de grandes servicios, adquiridos en Flandes, donde había servido con valeroso ánimo y heroico valor a su católico rey, y de quien esperaba, llegando a la corte, honrosos premios, ligando de camino el libre cuello al yugo del matrimonio, lazo amable y suave para quien le toma con gusto, como él esperaba hacerlo con su hermosa prima, juzgando el camino eterno, por impedirle llegar a gozar y poseer sus amorosos brazos, pareciéndole el próspero viento con que la nave volaba perezosa calma.

Mas la fortuna (cruel enemiga del descanso, que jamás hace cosa a gusto del deseo), habiendo cerrado la noche oscura, tenebrosa y revuelta de espantosos truenos y relámpagos, con furiosa lluvia, trocándose el viento apacible en rigurosa tormenta; los marineros, temerosos de perderse, queriendo amainar las velas porque la nave no diese contra alguna peña y se hiciese pedazos, no les fue posible, antes empezó a correr, sin orden ni camino, por donde el furioso viento la quiso llevar, con tanta pena de todos que viendo no tenían otro remedio, puestos de rodillas, llamando a Dios que tuviese misericordia de las almas, ya que los cuerpos se perdiesen; y así, poniendo el timón la vía de Cerdeña, pareciéndoles no medrarían muy mal si llegasen a ella, perdidas las esperanzas de quedar con las vidas, con grandes llantos se encomendaba cada uno al santo con quien más devoción tenía; y es lo cierto que, si no fuera por el valor con que don Martín los animaba, el mismo miedo los acabara: mas era toledano, cuyos pechos no le conocen, y así, haciendo la misma cara al bien que al mal, poniendo todas sus esperanzas en Dios, esperaban con valor lo que sucediese.

Tres días pasaron de esta suerte sin darles lugar la oscuridad y el ir engolfados en alta mar a conocer por dónde iban; y ya que esto les aseguraba el temor de hacerse pedazos la nave, no lo hacía el dar en tierra de moros, cuando al cuarto día descubrieron tierra poco antes de anochecer, mas fue para acrecentarles el temor, porque eran unas montañas tan altas que, antes de sucederles el mal, ya le tenían previsto; y procurando amainar, fue imposible, pues la triste nave venía tan furiosa que antes que tuviesen lugar de hacer lo que intentaban, dio contra las peñas y se hizo pedazos, con lo que viéndose perdidos, acudió cada uno como pudo a salvar la vida, y aun esa tenían por imposible librarla.

Don Martín, que siguiendo el ejercicio de las armas, no era esta la primera fortuna en que se había visto, animosamente asió una tabla, haciendo cada uno lo mismo, con cuyo amparo y el del cielo lograron, a pesar de las furiosas olas, tomar tierra en la parte donde más cómodamente pudieron; y como en ella se vieron, aunque conociendo su manifiesto peligro por llegar las olas a batir en las mismas peñas, por estar furiosas y fuera de madre, dieron gracias a Dios por las mercedes que les había hecho.

Buscando como pudieron dónde ampararse, don Martín y otro caballero pasajero, que los demás enderezaron hacia otras partes, se acogieron a un hueco o quiebra que en la peña había, donde, por estar bien cóncavo y cavado, no llegaba el agua.

Estuvieron hasta la mañana, que habiéndose sosegado el aire y quitádose al cielo el ceño, salió el sol y dio lugar a que las olas, retiradas a su cerúleo albergue, descubriesen una arenosa playa, de ancho hasta dos varas, de modo que se podía muy bien andar alrededor de las peñas.

Viendo esto don Martín y su compañero, temerosos de que no les hallase allí la venidera noche y deseosos de saber dónde estaban, y menesterosos de sustento, por no haber comido desde la mañana del día pasado, salieron de aquel peligroso albergue y caminando por aquella vereda iban buscando si hallaban alguna parte por donde subir a lo alto, con harto cuidado de que no fuese tierra de moros, donde perdiesen la libertad que el cielo les había concedido, aunque les parecía más civil muerte acabar la vida a manos de la hambre. No sé qué dulzura tiene esta triste vida que, aunque sea con trabajos y desdichas, la apetecemos.

Dábales a don Martín y su camarada más guerra la hambre que el esperar verse cautivos, y sentían más la pérdida de los mantenimientos, que con la nave se habían perdido, que los vestidos y ropa que se habían anegado con ella: si bien a don Martín no le hacían falta los dineros, porque en un bolsillo que traía en la faltriquera había salvado buena cantidad de doblones y una cadena.

Más de medio día sería pasado cuando, caminando orilla del mar, descubrieron una mal usada senda que a lo alto de la peña subía, y entrando por ella, no con poca fatiga, a cosa de las cuatro de la tarde llegaron a lo alto, desde donde descubrieron la tierra llana y deleitosa, muchas arboledas muy frescas y en ellas huertas de agradable vista, y muchas tierras sembradas, y en ellas, o cerca, algunas hermosas caserías; mas no vieron gente alguna, con lo que no pudieron salir de sus dudas de si estaban entre enemigos; mas, al fin, sujetos a lo que la fortuna quisiese hacer de ellos como hallasen qué comer, siguieron su camino, y a poco más de una legua, cuando ya quería anochecer, descubrieron un grande y hermoso castillo, y vieron delante de él andarse paseando un caballero, que en su talle, vestido y buena presencia pareció serlo.