—¡Ay señora mía —respondió Estefanía—, si la voz no es mejor que la cara, buena medra sacaré!

Y habiéndole dado una guitarra, templó sin enfadar y cantó sin ser rogada: falta tan grande de los cantores, que cuando vienen a conceder, ya tienen enfadado al género humano de rogarlos; mas Estefanía cantó así:

Después que pasaron,

De la edad dorada,

Las cosas que cuentan

Las viejas honradas;

Y después que al cielo

Fueron desterradas

La verdad hermosa,

La inocencia santa: