Cantó esta sátira Estefanía con tanto donaire y desenvoltura que dejó a todas embelesadas, creyendo que tenían en ella una preciosa joya, que a saber que era el caballo troyano, pudiera ser no les diera tanto gusto.

Pues como Laurela era niña y tan inclinada a la música, fuera de sí de gozo, se levantó del estrado y, cruzando los brazos al cuello de Estefanía, juntando su hermosa boca con la mejilla, favor que no entendió ella llegar a merecerle, la dijo:

—¡Ay amiga, y qué alegre estoy de tenerte conmigo, y cómo no tengo de tenerte por criada, sino por hermana y amiga!

Tomola Estefanía una de sus hermosas manos, y besándosela por el favor que la hacía, dio por bien empleado su disfraz, que la hacía merecedora de tantos favores, y díjola:

—Señora mía, yo sé que te merezco y mereceré toda la merced que me hicieres, como lo conocerás con el tiempo; porque te aseguro que desde el punto que vi tu hermosura, estoy tan enamorada (poco digo, tan perdida), que maldigo mi mala suerte en no haberme hecho hombre.

—Y a serlo —dijo Laurela—, ¿qué hicieras?

—Amarte y servirte hasta merecerte, como lo haré mientras viviere; que el poder de amor también se extiende de mujer a mujer, como de galán a dama.

Diolas a todas gran risa oír a Estefanía decir esto dando un lastimoso suspiro, juzgando que se había enamorado de Laurela.

Preguntó Estefanía si había más doncellas en casa.

—Otras dos —dijo Laurela—, y una criada que guisa de comer.