Y oído esto, pidió a sus señoras se sirviesen darla cama aparte, porque no estaba enseñada a dormir acompañada, y demás de esto era apasionada de melancolía, cosa usada de los versistas, y se hallaba mejor con la soledad.
—Luego también tienes esa habilidad —dijo Laurela.
—Por mis pecados —respondió Estefanía—, para que estuviese condenada a eterna pobreza.
—Cada día me parece has de descubrir nuevas habilidades —respondió Laurela—; mas en cuanto a tu pobreza, vencido has a tu fortuna en haber venido a mi poder, pues yo te haré rica para que te cases como mereces.
—Ya soy la más rica del mundo, pues estoy en tu poder, que yo no quiero más bienes que gozar de tu hermosa vista; y en lo que toca a casarme, no tienes que tratarme tal cosa, pues la divina imagen que hoy ha tomado asiento en mi corazón no dará lugar para que se aposente en él otra alguna.
Volviéronse a reír todas, confirmando el pensamiento hecho de haberse Estefanía enamorado de Laurela: y, en fin, para más agradarla, le dieron su aposento y cama dividido de las demás, quedando Estefanía muy contenta, por poder, al desnudarse y vestirse, no dar algunas sospechas, y remediar cuando las flores del rostro empezasen a descubrir lo contrario de su hábito, pues aunque hasta entonces no le habían apuntado, se temía no tardarían mucho. Gran fiesta hicieron las demás criadas a Estefanía, ofreciéndosele todas por amigas, si bien envidiosas de los favores que la hacía Laurela.
Vino su padre a cenar, que era un caballero de hasta cuarenta años, discreto y no de gusto melancólico, sino jovial y agradable; y dándole cuenta de la nueva doncella que había traído a casa y de sus gracias y habilidades, diciendo este la quería ver, vino Estefanía y con mucha desenvoltura y agrado besó a su señor la mano, y él, muy pagado de ella, lo más que ponderó fue su hermosura, con tal afecto que al punto conoció Estefanía que se había enamorado, y no le pesó, aunque temió verse perseguida de él.
Mandola que cantase y no lo rehusó, pues como no era mujer sino en el hábito, no la ocupó la vergüenza; y así, pidiendo una guitarra, con la prontitud del ingenio y la facilidad que tenía en hacer versos, pues era maravillosa, cantó así:
Ausentose mi sol, y en negro luto
Me dejó triste y de dolor cercada;