Lisis, a quien tocaba dar principio a la fiesta, hizo buscar dos músicos, los más diestros que pudieron hallarse, para que acompañasen con sus voces la angélica suya, que con este favor quiso engrandecerla.
Quedaron avisados que al recogerse el día y descoger la noche el negro manto, luto bien merecido por el rubicundo señor de Delfos, que por dar a los indios los alegres días daba a nuestro hemisferio con su ausencia oscuras sombras, se juntasen todos para solemnizar la noche buena con el concertado entretenimiento en el cuarto de la hermosa Lisis, en una sala que aderezada de unos costosos paños flamencos, cuyos boscajes, flores y arboledas parecían las selvas de Arcadia, o los pensiles huertos de Babilonia.
Coronaba la sala un rico estrado con almohadas de terciopelo verde, a quien las borlas y guarniciones de plata hermoseaban sobremanera: haciendo competencia a una vistosa camilla, que al lado del vario estrado había de ser trono, asiento y resguardo de la bella Lisis, que como enferma pudo gozar de esta preeminencia, y era asimismo de brocado verde, con flecos y alamares de oro.
Estaba ya la sala cercada toda alrededor de muchas sillas de terciopelo verde y de infinitos taburetes pequeños, para que, sentados en ellos los caballeros, pudiesen gozar de un brasero de plata que, alimentado de fuego y diversos olores, cogía el estrado de parte a parte.
Desde las tres de la tarde empezaron las señoras, y no solo las convidadas sino otras muchas, que a las nuevas del entretenido festín se convidaron ellas mismas a ocupar los asientos, recibidas con grandísimo agrado de la discreta Laura y hermosa Lisis, que, vestida de la color de sus celos, ocupaba la camilla, que por la honestidad y decencia, aunque era el día de la cuartana, quiso estar vestida.
Ya la sala parecía a los campos alumbrados del rubio Apolo cuando, vertiendo risa, alegran los ojos que los miran; tantas eran las velas que daban luz a la rica sala, cuando los músicos, que cerca de la cama de Lisis tenían sus asientos, prevenidos de un romance que después de haber danzado se había de cantar, empezaron con una gallarda a convidar a las damas y caballeros a ir saliendo de una cuadra con hachas encendidas en las manos para que fuese más bien vista su gallardía.
El primero que dio principio al airoso paseo fue don Juan, que por guía y maestro empezó solo, tan galán, de pardo, que llevaba los ojos de cuantos le veían, cuyos botones y cadenas de diamantes parecían estrellas. Siguiole Lisarda y don Álvaro, ella de las colores de don Juan y él de las de Matilde, a quien sacrificaba sus deseos. Venía la hermosa dama de noguerado y plata; acompañábale don Alonso, galán, de negro, porque salió así Nise, saya entera de terciopelo liso sembrada de botones de oro; traíala de la mano don Miguel, también de negro, porque aunque miraba bien a Filis no se atrevió a sacar sus colores, temiendo a don Lope por haber salido como ella de verde, creyendo que sería dueño de sus deseos.
Habiendo don Juan mostrado en su gala un desengaño a Lisis de su amor, viendo a Lisarda favorecida hasta en las colores, la cual, dispuesta a disimular, se comió los suspiros y ahogó las lágrimas, dando lugar a los ojos para ver el donaire y destreza con que dieron fin a la airosa máscara, con tan intrincadas vueltas y graciosos laberintos, lazos y cruzados que quisieran que durara un siglo.
Mas viendo a Lisis que, con pedazos de cristal, acompañada de los dos músicos, quería enseñar en la destreza de su voz sus gracias, tomando asiento todos por su orden, dieron lugar a que se cantara este romance:
Escuchad, selvas, mi llanto,