Oíd, que a quejarme vuelvo,

Que nunca a los desdichados

Les dura más el contento.

Otra vez hice testigos

A vuestros olmos y fresnos,

Y a vuestros puros cristales

De la ingratitud del cielo.

Oísteis tiernas mis quejas,

Y entretuvisteis mis celos

Con la música amorosa