Y yo padezco como firme amante.
—Competencia puede haber, Estefanía, sobre cuál ha de llevar el laurel, entre tu voz y tu hermosura —dijo don Bernardo, que así se llamaba el padre de Laurela.
—Y más —dijo doña Leonor, que este es el nombre de su madre—, que lo que canta ella misma se lo compone; y en este soneto parece debía estar enamorada Estefanía cuando le hizo.
—Señora mía —respondió ella—, lo estaba, lo estoy, y estaré hasta morir; y aún ruego a Dios no pase mi amor más allá del sepulcro; y en verdad que como se iban cantando los versos, se iban haciendo, que a todo esto obliga la belleza de mi señora Laurela, que como se salió acá fuera y me dejó a obscuras, y yo la tengo por mí, soltome este asunto ahora que me mandó don Bernardo, mi señor, que cantase.
Empezaron todas a reírse, y don Bernardo preguntó qué enigmas eran aquellos.
—¿Qué enigmas han de ser —dijo doña Leonor— sino que Estefanía está enamorada de Laurela desde el punto que la vio, y lamenta su ausencia celebrando su amor, como habéis visto?
—Bien me parece —respondió don Bernardo—, pues de tan castos amores bien podemos esperar hermosos nietos.
—No quiso mi dicha, señor mío —dijo Estefanía—, que yo fuera hombre, pues a serlo sirviera como Jacob por tan linda Raquel.
—Más te estimo yo mujer que no hombre —dijo don Bernardo.
—Cada uno busca y desea lo que ha menester —respondió Estefanía.