Con estas y otras burlas, que pararon en amargas veras, llegó la hora de acostarse, diciendo Laurela a Estefanía la viniese a desnudar, porque desde luego la hacía favor de camarera.

Se fueron todos, y Estefanía con su señora, asistiéndola hasta que se puso en la cama, gozando así sus ojos, en virtud de su engaño, lo que no se les permitiera a no ser por su engañoso disfraz, enamorándose más y más, juzgando a Laurela aún más linda desnuda que vestida.

Más de un año pasó en esta vida Estefanía sin hallar modo cómo descubrir a Laurela quién era, temiendo su indignación y perder los favores que gozaba: pues es de creer que, a entender Laurela que era hombre, no pasara por tal atrevimiento, y aunque en todas ocasiones le daba a entender su amor, ella y todas las demás lo juzgaban a locura, y las servía de entretenimiento y motivo de risa siempre que le veían hacer extremos y finezas de amante, como llorar celos y sentir desdenes, admirando que una mujer estuviese enamorada de otra, sin llegar a su imaginación que pudiese ser lo contrario; y muchas veces Laurela se enfadaba de tanto querer y celar, porque si salía fuera, aunque fuese con su madre y hermanas, cuando venía la pedía celos: y si tal vez salía con ellas, la decía se echase el manto en el rostro porque no la viesen, diciendo que a nadie era bien fuese permitido ver su hermosura. Si estaba a la ventana, la hacía quitar, y si no se entraba, se enojaba y lloraba, y la decía tan sentidas palabras que Laurela se enojaba y la decía que la dejase, pues ya se cansaba de amor tan impertinente.

Pero en tratando algún casamiento, como era su belleza tanta, antes la deseaban a ella que a sus hermanas, aunque eran mayores y no feas: allí eran las ansias, las congojas, las lágrimas y los desmayos, que la terneza de su amor vencía la fiereza de hombre; y se tenía entendido que Estefanía se había de morir el día que se casase Laurela.

No le faltaban a Estefanía, sin las penas de su amor, otros tormentos que la tenían bien disgustada, y era la persecución de su amo, pues en todas ocasiones la perseguía, prometiendo casarla muy bien si hacía por él lo que deseaba: y si bien se excusaba con decirle era doncella, no se atrevía a estar un punto sola en estando en casa, porque no fuese con ella atrevido y se descubriese la maraña.

Abrasábase Estefanía en celos de un caballero que había en la misma casa, mozo y galán, con cuya madre y hermanas tenía Laurela, su madre y las demás, grande amistad, y se comunicaban muy familiarmente, pasando por momentos los unos al cuarto de los otros, porque sabía que estaba muy enamorado de Laurela y la deseaba por esposa, habiéndola ya pedido a su padre, si bien no se había efectuado por ser Laurela muy niña, y su padre quisiera primero acomodar a las mayores.

Era de modo lo que Estefanía sentía el que fuese allá Laurela que no le faltaba sino perder el juicio; y lo dio bien a entender una tarde que estaba Laurela con las amigas que digo en su cuarto, pues habiendo estado algún espacio de tiempo allá, la mandó llamar su madre, y viniendo, las halló a todas en una sala sentadas a los bastidores, y Estefanía con ellas bordando, pues aunque no era muy cursada en aquel ejercicio, con su buen entendimiento se aplicaba a todo. Llegó Laurela, y sentándose con las demás, miró a Estefanía que estaba muy melancólica y ceñuda, y empezose a reír, y sus hermanas y las demás doncellas de la misma suerte, de que Estefanía con mucho enojo, enfadada, dijo:

—Graciosa cosa es reírse de mi llorar.

—Pues no llores —respondió Laurela, riéndose— sino canta un poco, pues me parece, según estás de melancólica, que un tono grave le cantaras divinamente.

—Por esto te llamé yo —dijo su madre—, para que, mandándoselo tú, no se excusase, pues aunque se lo hemos rogado, no ha querido; y me he admirado, pues nunca la he visto hacerse rogar sino hoy.