—En verdad que me tiene mi señora Laurela muy sazonada para hacer lo que su merced me mande.
—¡Ay, amiga! —dijo Laurela—, ¿y en qué te he ofendido, que tan enojada estás?
—En el alma —respondió Estefanía.
—Deja esas locuras —replicó Laurela— y canta un poco, que es disparate creer que yo te tengo de agraviar en el alma ni en el cuerpo; y solamente porque sea verdad lo que mi madre dice, que cantarás mandándolo yo, debes hacerlo, para no desdecir lo que tantas veces has dicho, que eres mía.
—No me desdigo ni vuelvo atrás de lo que he dicho —dijo Estefanía—, que una cosa es ser de cúyo soy, y otra estar enojada; y sé que no estoy cantando y hablando sino para decir desaciertos; mas algún día me vengaré de todo.
Con esto reían las demás.
—Canta ahora —dijo Laurela— lo que te gustare, que después yo llevaré con gusto tu castigo, como no sea perderte, pues lo sentiría mucho.
—Así supiera yo —dijo Estefanía— que esto se había de sentir, como no estuviera un instante más en casa.
—Dios me libre de tal —respondió Laurela—. Mas dime, queriéndome tanto, ¿tuvieras corazón para dejarme?
—Soy tan vengativa que por matar, me matara, y más estando rabiosa como ahora.