Canción, si de mi dueño
Bien recibida fueses,
Pues de mi pena fiel testigo eres;
Cual sabia mensajera,
Dile me excuse esta pena fiera;
Y para no matarme,
Si desea mi vida, quiera amarme.
Admiradas estaban doña Leonor y sus hijas, con todas las damas, de oír a Estefanía; y Laurela de rato en rato ponía en ella sus hermosos ojos, admirando los sentimientos con que cantaba, tomando y dejando los colores en el rostro conforme lo que sentía, y ella, de industria, en su canción ya parecía que hablaba con dama, ya con galán, por divertir a las damas; y viendo había dado fin con un ternísimo suspiro, riéndose le dijo:
—Cierto, Estefanía, que si fueras, como eres mujer, hombre, dichosa se pudiera llamar la que tú amaras.
—Y aun así como así —dijo Estefanía—, pues para amar, supuesto que el alma es toda una en varón y hembra, no se me da más ser hombre que mujer, pues las almas no son hombres ni mujeres, y el verdadero amor en el alma está, y no en el cuerpo, y el que amare el cuerpo con el cuerpo no puede decir que es amor, sino apetito, y de esto nace arrepentirse en poseyendo, porque como no estaba el amor en el alma, el cuerpo, como mortal, se cansa siempre de un manjar, y el alma, como espíritu, no se puede fastidiar de nada.