—Por mi vida que no sé qué mayor desengaño, hermosas damas, queréis oír, que este soneto que la hermosa doña Isabel acabó ahora de decir, pues en él ha dicho el Hombre que solo hay que no se engañe, y el que merece solo ser amado.

Mas, ya que no puedo excusar de decir lo que me toca, dejaré a un lado muchas circunstancias en que pudiera detenerme si supiérades los penosos desasosiegos que tuve con mi esposo, tan opuesto a mi voluntad que jamás le conocí agradecido a ella; antes, con muchos desabrimientos en las palabras y gran parte en los ojos, me satisfacía cuando más le granjeaba y lisonjeaba con caricias: mas, porque para sí nadie es buen juez, a los ojos ajenos dejaré muchas fortunas mías y contaré desdichas ajenas, refiriendo una historia tan verdadera que aún hoy hay quien no tiene, acordándose de ella, enjutas las lágrimas, no dando más reprensión a los caballeros que la que el mismo desengaño les ofrece; porque fui tan amante de los despegos y tibiezas de mi esposo que en él respeto a todos, y con esta advertencia digo así:

Por muerte de un gran señor de España, quedaron sin el amparo que tenían en su padre, por haberles faltado su madre días antes, un hijo y cuatro hijas de la hermosura y virtudes que se puede creer tendrían tan grandes señoras: y si bien entrando su hermano en la herencia de los estados les previno a sus hermanas el amparo de padre, no les pudo prevenir el librarlas de la desdichada estrella en que nacieron, porque puedo asegurar que de cada una se pudiera contar un desengaño; pues ni les sirvió la hermosura, la virtud, el entendimiento, la ilustre sangre, ni la inocencia para que no fuesen víctimas sacrificadas en las aras de la desgracia.

La primera, llamada doña Mayor, casó en Portugal: esta señora se llevó consigo, cuando se fue con su esposo, a la menor de todas: su nombre es doña María, con intención de darla en aquel reino marido igual a su grandeza; mas a una y a otra siguió su mala fortuna; porque no siendo doña Mayor amada de su esposo, por la simpatía que la nación portuguesa tiene con las damas castellanas, en no hacer confianza de ellas, y así, o por probarla, o, lo más cierto, por tener achaque para librarse de ella con color de agravio, escribió una carta en nombre de un caballero castellano, dándosela a un paje que se la llevase a la señora, que, hecho así, estándola leyendo, admirada de que a ella se escribiese tal, entró el marido, que aguardaba esta ocasión, y sacando la espada para matarla, porque el triste paje, a voces, empezó a decir la traición, le mató, y luego a su inocente esposa.

La hermana, viendo el fracaso y habiendo muy bien oído ella y las criadas lo que el paje había dicho, temiendo la muerte (que la diera sin duda), se arrojó por una ventana, y de las criadas castellanas se escaparon algunas y otras acompañaron a su señora en el eterno viaje.

Doña María fue tan desgraciada que se rompió las piernas, de modo que algunos años que vivió estuvo siempre en la cama; porque al caer, pudo ser vista de algunos caballeros castellanos que asistían a su malograda hermana, los cuales la salvaron y trajeron a Castilla; en donde, sabido el caso por Su Majestad, castigó al reo como hasta hoy permanece la memoria de su castigo.

La segunda hermana, cuyo nombre es doña Leonor, casó en Italia: esta señora, teniendo ya de su matrimonio un niño de cuatro años, porque alabó de muy galán un capitán español, no con mal intento sino que de verdad lo era, estándose lavando la cabeza, entró el marido por una puerta excusada de un retrete, y con sus propios cabellos, que los tenía muy hermosos, la hizo lazo a la garganta, con que la ahogó, y después mató al niño con un veneno, diciendo que no había de heredar sus estados hijo dudoso: y si el capitán, avisado por una dama de la misma señora, no se escapara, corriera la misma fortuna.

Quedó por casar doña Blanca, que era tercera hermana, y la primera no solo de las demás en hermosura, entendimiento y valor, mas de todas las de aquel tiempo; porque así lucía doña Blanca entre las más solemnizadas de la corte como el lucero entre las demás estrellas. Por conveniencias a la real corona y gusto de su hermano, se concertó su matrimonio con un príncipe de Flandes, cuyo padre, que aún vivía, era gran potentado de aquel reino.

No había sucedido ni sucedió tan presto la desdicha de sus hermanas; porque puédese creer que si sucediera antes de casarse doña Blanca, por sin duda tengo que no lo aceptara, antes se entrara religiosa; mas había de seguir por lo que las demás, y por esto la suerte cruel no ejecutó su deseo hasta que doña Blanca estuvo cautiva en el lazo que solo la muerte le rompe.

Con poco gusto aceptó la hermosa señora el casarse sin conocer ni saber con quién; porque decía, y decía bien, que era gran ánimo el de una mujer cuando se casaba solo por conveniencias y ajeno gusto con un hombre de quien ignoraba la condición y costumbres; por cuya causa envidiaba a las que se casaban precediendo primero las finezas de enamorados; pues, cuando sobre voluntad no aceptase, no se podía quejar de nadie sino de sí misma; y viendo que no podía conseguir este modo de casarse, al tiempo de firmar las capitulaciones, sacó por condición, antes de otorgarlas, que el príncipe había de venir a España, y antes de casarse la había de galantear y servir un año, de la misma manera y con las mismas finezas que si no estuviera otorgada por su esposa, sino que la enamorase con paseos, músicas, billetes y regalos, como si la pretendiera a excusas y a fuerza de finezas; porque quería amar por el trato y conocer por él el entendimiento, condición y gracias de su esposo.