Mucho rieron su hermano y todos cuantos supieron las condiciones con que doña Blanca aceptó el casamiento, que aun en palacio se contaba y reía; mas su hermano, que la quería ternísimamente, por darla gusto y porque se dilatase el perderla, vino en todo cuanto doña Blanca pedía, y así, se avisó al príncipe, quien hizo lo mismo con mucho gusto, que como era de poca más edad que doña Blanca, por ver a España, si bien a descontento de su padre, puso luego en ejecución su partida.
Tenía doña Blanca, entre las damas que la asistían, una que se había criado con ella desde niña y a quien amaba más que a ninguna, con quien comunicaba lo más secreto de sus pensamientos. Pues un día que doña Blanca se estaba tocando, y todas sus damas asistiéndola, las preguntó (como era tan afable):
—¿Qué habéis oído de lo que se platica en la corte de las condiciones con que acepté este casamiento?
Doña María (que así se llamaba la dama tan querida suya) la respondió, como la que fiada en su amor hablaba con más libertad:
—Si te he de decir verdad, señora mía, a todos oigo decir que es locura; porque pudiendo gozar gustos descansados con tu esposo, le quieres condenar y te condenas a la pena de la dilación y a los desasosiegos de amar, con esperanzas de poseer lo mismo que es tuyo.
—¿Y quiénes son los necios, doña María —preguntó doña Blanca—, que llaman locura a una razón fundada en buen discurso? ¿Conque creen que es mejor casarse una mujer con un hombre a quien jamás vio ni habló, y que suceda ser feo, necio, desabrido o mal compuesto, y se halle después aborrecida y desesperada de haberse empleado mal, que no avisarse del caudal que lleva en su esposo? Todas cuantas cosas se compran se procuran ver, y que vistas agraden al gusto, como es un vestido, alguna joya: ¿y un marido, que no se puede deshacer de él como de la joya y del vestido, ha de ser por el gusto ajeno? ¡Cuánto más acertado es que, galán, la granjee la voluntad, y ella, bien hallada con ella, se la pague; que no, como hemos visto a muchas que se casan sin gusto, y viviendo sin él pasan de la vida a la muerte, sin haber vivido el tiempo que duró el casamiento, o que, viéndose galanteadas de otros que supieron con finezas granjearlas la voluntad, como no se la tenían a sus esposos, caer en muchas liviandades, que no cayeran si los amaran!
No hay, doña María, más firme amor que el trato: con él se descubren los defectos o gracias del que ha de tener por compañero toda la vida. Y a los que se valen del adagio vulgar, «que quien se casa por amor vive con dolor», tengo por ignorantes, pues su misma ignorancia les desmiente, porque jamás se puede olvidar lo que de veras se amó; y amando, no sienten ni las penas, ni las necesidades, ni las incomodidades: todo lo dora y endulza el amor; y si tal vez hay desabrimiento, lo causan las desigualdades que en los casamientos por amores hay; mas, si son iguales en la nobleza y en los bienes de fortuna, ¿qué desabrimientos ni dolor puede haber que no lo supla todo el amor?
Es como decir muchos que el marido no ha de ser celoso: es engaño notable, pues no siéndolo tanto que peque de necio, y él no falte por celoso al cariño y regalo de su esposa, con eso la excusa de que no sea fácil; pues más presto se arroja a cualquiera travesura la que tiene el marido descuidado que no la que le tiene cuidadoso, pues sabe que tiene, o no tiene, lugar.
Yo, por lo menos, quiero conocer en mi esposo, en las finezas de galán, lo cariñoso que será cuando sea marido, y en los aciertos de puntual sin posesión, lo que obrará puesto en ella.
—Estoy bien con eso —dijo doña María—: mas tú, señora, aunque conozcas diferentes condiciones en el príncipe de las que en tu idea te prometes, ¿puedes ya dejar de ser suya?