—En esto hay mucho que averiguar, porque yo no soy la que me le he prometido, que a ser eso así, no procurara avisarme de lo que cobro en él: hánmele prometido galán, bien entendido, afable, liberal, con otras mil prerrogativas de que vienen llenas las cartas; y tantos hipérboles como dicen los retratos se ha visto infinitas veces ser engañosos. Averiguo otra cosa: luego no tendré obligación de cumplir lo firmado, pues no me dan lo que prometieron; y para eso hay conventos, pues no me tengo yo de cautivar con otro diferente del que me dijeron; y me puedo llamar a engaño, diciendo que yo me prometí a un hombre perfecto, y que, supuesto que me le dan imperfecto, no es el que me ha de merecer.
Venga el príncipe, y empiécese la labor amorosa, que no permitirá el cielo que sea menos que como yo deseo; y sepa ser buen galán, para que después no sea descuidado marido; y si no fuere tal como le han pintado, el tiempo me dirá lo que tengo de hacer, y cada uno siga su opinión, que yo no pienso apartarme de la mía.
Con estos y otros coloquios entretenía doña Blanca y sus damas el tiempo que tardó en llegar el príncipe, que venido y visto, en cuanto a la presencia, talle y gala, con la hermosura del rostro, no hubo que despreciar, y aun a doña Blanca le pareció muy bien, y no sé si le pesó del concierto en cuanto a la dilación, según lo dio a entender cuando le vio por entre unas menudas celosías, y después oyéndole hablar con su hermano, por lo que la podía cubrir una antepuerta.
Teníanle prevenida posada en la misma calle donde vivía doña Blanca, que de industria, para conseguir lo concertado, no le aposentaron en su misma casa. Entre las demás gracias que tenía el príncipe era hablar muy bien nuestra lengua, porque los señores siempre tienen maestros que los habilitan en todas.
No quiso doña Blanca que la viera aquel día el príncipe, dando por excusa el no hallarse apercibida, excusando la visita que de cortesía se debía hacer, quizá por tenerle más deseoso de su vista, o porque naturalmente no se casaba con gusto: y quedando citada para otro día, el príncipe y su gente se fueron a descansar.
Venida la mañana, doña Blanca se levantó muy melancólica, tanto que a fuerza parecía que estaba deteniendo las lágrimas que por sus hermosísimos ojos estaban reventando por salir, teniendo a sus criadas confusas, y más a doña María, extrañando el no darla parte de su pena; y así en burlas la dijo:
—¿Qué severidad o tristeza es esta, señora, en tiempo de tanta alegría, como es justo tener por la venida del príncipe mi señor?
A esto respondió doña Blanca:
—Hasta ahora no es razón darle este título, que aún hay de plazo un año hasta que lo sea.
—Y aun eso debe de ser —replicó doña María— lo que te tiene triste, si no es el no haberte parecido bien el novio. Dínoslo, así el cielo te haga con él muy dichosa.