—Por tu vida, doña María —respondió doña Blanca—, y por la mía también, que ni es lo uno ni lo otro; porque en cuanto a haberme parecido bien, te puedo jurar que yo soy la apasionada; y en cuanto a desear que el año del concierto estuviese cumplido, te doy mi palabra que quisiera que durara una eternidad; y asimismo te aseguro que no sé de qué me procede este disgusto, si ya no es de pensar que tengo de ausentarme de mi patria y de mi hermano, e irme a tierras tan remotas como son donde he de ir; mas tampoco me parece es la causa esta, ni la puedo dar alcance, aunque más lo procuro.
Hablando de esto y otras cosas con que sus damas la procuraban divertir, se aderezó y prendió con tanto cuidado suyo y de todas, que parecía un ángel, y salió donde su hermano y el príncipe la aguardaban, quien se enamoró tanto de la hermosa doña Blanca, o lo fingió, que el corazón del hombre para todo tiene astucias, que dio bien a entender con los ojos y las palabras cuánto le pesaba de la dilación que para gozar tal belleza había; y comenzándose desde este punto el galanteo en las alabanzas y en la vista, tuvo fin la visita, y doña Blanca se retiró a su cuarto tan triste que ya no tan solo procuraba detener las perlas que a las ventanas de sus ojos se asomaban, sino que dejaba caer hasta el suelo cuantas desperdiciaban sus pestañas.
¡Oh, qué profeta es el corazón!, pocas veces se olvida de avisar las desdichas que han de venir si nosotros le creyésemos. Porque confesar que le agradaba el príncipe, no negar que le amaba, haberle parecido bien y no desear la posesión, antes pesarle de que para llegar a tenerla era corto plazo el de un año y que quisiera fuera más dilatado, cosas son que admiran.
Acostose al punto, sin querer responder a cuanto sus damas la decían, y estuvo sin levantarse de la cama cuatro días, admirando a todos, y más a su hermano, el que no sabía a qué atribuir tan diferentes efectos como en ella veían; en los cuales días de indisposición, informado el príncipe de cuál era la dama más querida de doña Blanca, y sabido que era doña María, la habló y dio un papel y un rico presente de cosas muy sazonadas de su país, y para ella una joya de mucho valor, con otras para que repartiese con las demás damas, lo que doña María recibió; y habiéndolo llevado a su señora, después de dar a las damas sus joyas, doña Blanca vistió las suyas, muy agradada de ellas, y leyó el papel que decía de esta manera:
«No debe ser admitido galán el que no sanea su atrevimiento con el deseo de ser esposo, ni tampoco será buen marido el que no fuera finísimo galán; pues es fuerza que lo sea todo para ser perfecto en todo. Lúcese bien vuestro entendimiento, hermosísima señora mía, en disponer que la gloria de mereceros se conquiste con la pena de desearos: que soy vuestro, ya lo sabéis: que sois mía, ignoro, pues aún no he llegado a estado de tal bien; y así, os suplico ordenéis lo que he de hacer para mereceros mía; pues ya sé lo que he de hacer para no morir hasta que lo seáis; y pues a los golpes de vuestra belleza no tengo otro reparo sino la esperanza, alentadme con ella, para que no muera con la dilación de vuestra gloriosa posesión. El cielo os guarde.»
Leído el papel, alabó doña Blanca el entendimiento y solemnizó el buen gusto del presente, mas no respondió por escrito; solo mandó a doña María le dijese cómo lo había recibido con la estimación que se debía.
Pasados los cuatro días, se levantó doña Blanca, ya algo moderada su tristeza, y oía con más gusto cómo la decían que el príncipe paseaba la calle y que había salido muy galán de sus colores; y esa noche salió a oír una música que la dio, cantando excelentísimamente a seis voces este soneto:
No quiere, dueño amado, el dolor mío
Tan áspero remedio como ausencia,
Que ni hay valor, cordura ni paciencia