Con este pensamiento dio en ser celosa, con que se acabó de perder; porque ella se desagradaba declaradamente de las cosas de Ernesto, hablándole con sequedad y despego, y él con libertad y desenvoltura, llegando doña Blanca y el príncipe a tener sobre esta causa muchos disgustos, y todo por hallarse menos querida de su esposo y más odiada de Ernesto, y aun de su suegro, que muchas veces oía de él palabras muy desabridas.
No la llamaban por su nombre, sino la Españoleta; y aunque doña Blanca volvía por sí, no consintiéndose perder el respeto, la valía poco; porque todos eran sus declarados enemigos, sin que tuviese ninguno de su parte, supuesto que los criados que tenía españoles estaban tan oprimidos y mal queridos como ella.
Era doña Blanca excelentísima música, y cantaba divinamente, no teniendo necesidad de buscar los tonos que había de cantar, porque el cielo la había dado la gracia de saberlos hacer; y más en esta ocasión, que como tenía caudal de celos, lo hacía con más sentimiento. Con ellos, pues, alentaba su natural, y así un día que la señora Marieta pidió cantase alguna cosa de las que hacían a su celosa pasión, cantó este romance que había hecho, y le diré aquí porque fue causa de un gran disgusto que tuvo con su esposo:
¿Qué gusto tienen tus ojos
De ver los ojos, que un tiempo
Dueños llamaron los tuyos,
Dos copiosas fuentes hechos?
¿Qué gusto te da saber
Cuán poco ocupan el sueño;
Pues ellos están llorando,