Al tiempo que doña Blanca partió de Madrid, se había averiguado la inocencia de su hermana doña Mayor y el rey había severamente castigado a su marido, con lo cual se moderó en parte el dolor de su muerte, juzgándola gozaba en el cielo la corona de mártir.

Puesta en camino, en fin, con el sentimiento que digo, era agasajada, los días que duró el camino por tierra, de su marido, mas no con tanto cariño como cuando estaba en la corte, de que ella, con extrañas admiraciones, daba parte a su querida doña María, la que como cuerda la alentaba, aconsejaba y entretenía la tristeza que llevaba de haber dejado su paternal albergue e irse a vivir desterrada para siempre de él, y más con los despegos que empezó a ver en su esposo; porque apenas se embarcaron y le pareció que tenía la inocente palomilla fuera de todo punto de su nido, cuando se desapegó de ella con tanta demostración de tibieza o enfado que muchas veces llegaban a tener rencillas sobre ello, y a las quejas que ella le daba respondía:

—No seas viciosa, española, ni te lamentes tanto por lo que ahora se empieza: ¿qué quieres: verme siempre junto a ti? Algún día desearás verme lejos.

No sé qué desdicha tienen las españolas con los extranjeros, que jamás las estiman, antes se cansan a dos días y las tratan con desprecio; y esto por haberlo visto en muchas lo digo.

Tuvo fin el viaje, y llegados a sus estados, se halló doña Blanca con menos gusto que antes; porque el suegro era hombre severo y que tocaba más en cruel que en piadoso; y enfadado del largo tiempo que su hijo se había detenido en el galanteo, aun el mismo día que llegaron a su presencia no disimuló el enfado y la recibió diciendo:

—¿Cuándo había de ser esta venida? Basta, que las españolas sois locas: no sé qué extranjero os apetece si no es que esté desesperado.

Y otras razones, de que doña Blanca corrida no acertó a responder, conociendo claramente que estaba en poder de sus enemigos; y si con alguna cosa tuvo alivio su pena fue con una hermana de su esposo, llamada la señora Marieta; que en aquellos países ni en Italia, ninguno se llama «don», sino solo los clérigos, porque nadie hace ostentación de los «dones» como en España; y más el día de hoy, que han dado en una vanidad tan grande que hasta los cocheros, lacayos y mozas de cocina le tienen, estando ya los negros «dones» tan abatidos, que las taberneras y fruteras son «doña Serpiente» y «doña Tigre»; que de mi voto, aunque no el de más acierto, ninguna persona principal se le había de poner, que no ha muchos días que oí llamar a una perrilla de falda «doña Jarifa», y a un gato «don Morro», que si Su Majestad (Dios le guarde) echara alcabala sobre los «dones», le había de aprovechar más que el uno por ciento; porque casas hay en Madrid, y las conozco yo, que hierven de «dones» como los sepulcros de gusanos; y me contaron por muy cierto que una labradora socarrona de Vallecas, vendiendo pan el otro día en la plaza, a cualquier vaivén que daba el burro, decía: «Está quedo, don Rucio»; y queriendo partirse, empezó a decir: «Don Arre»; y queriéndose parar: «Don Jo».

Era la señora Marieta muy hermosa y niña, aunque casada con un primo suyo; y lo que mejor tenía era ser muy virtuosa, y vivía con su padre. Con esta señora trabó doña Blanca grande amistad, cobrándose las dos tanto amor que, si no era para dormir, no se dividía la una de la otra, comunicando entre ellas sus penas; que gustos tenían tan pocos que no las cansaba mucho el contarlos, porque tan poco estimaba su esposo a la señora Marieta como el príncipe a doña Blanca.

Tenía el príncipe un paje, mozo, galán, y que los años no pasaban de diez y seis, tan querido que trocara su esposa el agasajo suyo por el del paje; y él tan soberbio con la privanza que más parecía señor que criado: él tenía cuanto el príncipe estimaba, con él comunicaba sus más íntimos secretos, por él se gobernaba todo, y él tan desabrido con todos, que trataban de agradarle más que al príncipe.

Pues como doña Blanca muchas veces preguntaba qué hacía su esposo y la respondían que estaba con Ernesto (que este era su nombre), y algunas, que o por burlas o veras la decían que más quería a su paje que no a ella, fue causa para que Ernesto aborreciese a doña Blanca de suerte que lo mostraba no solo en el desagrado con que siempre la asistía, si era necesario, mas en responderla en varias ocasiones algunas libertades; y doña Blanca asimismo le aborrecía, por tener por seguro que servía de tercero en algunos amores que debía de tener el príncipe, y que de esto nacía la libertad y soberbia del paje.