Referidle mi pena;

Rogadle, selvas, que de mí se duela.

Acabando de cantar, se retiró doña Blanca y quedó doña María para decir al príncipe que su señora se daba por muy bien servida de sus finezas: con que el príncipe muy gustoso se fue a su posada.

No se acabara jamás este desengaño si se hubieran de contar por menudo las cosas que sucedieron en este entretenimiento de amor y prueba de entendimiento, que así le llamaba doña Blanca; porque llegó a escribirse el uno al otro bien entendidos y tiernos papeles, a hablarle doña Blanca por una reja, no concediéndole más favor que el de sus hermosas manos; deseando las damas, y más doña María, que durara tantos años como días tenía el del concierto; porque demás de gozar las más noches de músicas, y los días de paseos, toros, cañas y encamisadas, máscaras y otras fiestas que el príncipe hacía en servicio de doña Blanca, estaban muy medradas de galas y otras dádivas, gozando también de sus galanteos; y así, ellas deseaban que el año no se acabara.

Doña Blanca lo deseaba más; porque cada día que pasaba la costaban muchos desperdicios de perlas: tanto era lo que sentía imaginar que se había de casar; y demás de esto amaba al príncipe tan ternísimamente que, cuando la venía a ver, a la dama o paje que la daba la nueva, daba, en albricias, una joya. ¿Quién vio jamás tan diferentes efectos de amor y desamor?

Contábanse en la corte estos amores por cosa de admiración; unos decían que doña Blanca tenía buen gusto en hacer que le costase al príncipe tan cara su hermosura, y que la comprase a precio de dilaciones: otros que era locura, y que siendo verdaderamente suyo y que podía poseer sin embarazo, dilatarlo por tanto tiempo; de suerte que cada uno hablaba como sentía del caso.

Tal vez que las criadas hablaban con los criados del príncipe, procurando saber de ellos cómo llevaba su dueño estas dilaciones; ellos las decían que estaba desesperado, y que, si bien quería de veras a doña Blanca, si no fuera por su hermano, hubiera deshecho los conciertos y vuéltose a su tierra, que así se lo escribía su padre que lo hiciese; y cuando doña María la decía esto a doña Blanca, arrasados sus ojos de lágrimas, respondía:

—Más desesperada estoy yo de que se cumpla tan presto el plazo; que si a ellos se les hace tarde, yo le juzgo temprano.

En fin, llegó (que no hay ninguno que no llegue, y más el que trae por padrino a las desdichas, que parece que le espolean para que se cumpla más presto); desposose doña Blanca con igual regocijo de toda la corte; y cuando pensaron que la tornaboda había de ser con el mismo regocijado aplauso, fue con llantos y lutos; porque casi una tras otra llegó la triste nueva del desdichado fin de sus hermanas, trayéndole a sus ojos la más pequeña, imposibilitada de poder andar; porque de las rodillas abajo no tenía piernas ni pies, habiendo de ser la cama el teatro donde mientras vivió representaba a todas horas la adversa estrella con que había nacido; con lo cual doña Blanca quedó tan temerosa y desabrida que se tiene por seguro que, si no se hubiera desposado, por ningún temor, interés ni conveniencia se casara, y así lo decía a sus damas con muchos sentimientos, y antes se hubiera entrado religiosa.

En fin, llenas de luto y pesares se acabaron de celebrar las bodas, y luego se empezó a tratar de la partida. Doña María trataba de casarse con el camarero del hermano de doña Blanca, y cuando supo que quería quedarse, como la quería tanto y se habían criado juntas, y la tenía por alivio en sus mayores penas, lo sintió de suerte que, por moderarle el desconsuelo, se dio orden que don Jorge (que este era el nombre del camarero del hermano de doña Blanca) fuese en su servicio con otros criados que llevaba españoles, con promesa de que en llegando allá los casaría y haría merced: con que dentro de dos meses casada, dejó doña Blanca a España, con tan tierno sentimiento de apartarse de su hermano y hermana, y de su amada patria, que el príncipe mostraba gran enfado de ello: porque como ya estaba en posesión, se iba cansando de los gustos que en esperanza le habían agradado, mas disimulaba a la cuenta hasta sacarla del poder de su hermano.