De manera que hallando el amor entradas bastantes en el pecho tierno de la dama, se apoderó de él, empezando desde aquel mismo punto a amar a don Enrique, y a desearle y admitirle por esposo, respondiendo al papel tan a gusto de su amante que, desde ese mismo día, se juzgó en posesión del bien que deseaba; pues, viéndose favorecido, empezó a galantear y servir a doña Mencía con paseos, si bien recatados por no alborotar a su padre y hermano, con regalos y joyas que mostraban su amor y riqueza, con músicas y versos en que era, si no muy acertado, por lo menos no los pedía prestados a otros, todo dispuesto por la orden de Gonzalo (que este era el nombre del criado), tercero de esta voluntad, hablándose algunas noches, después de recogidos todos, por unas rejas bajas que caían a las espaldas de la casa de doña Mencía, y eran de su misma estancia, que por menos paseada aquella calle la tenía su padre en ella, por donde una noche que doña Mencía le escuchaba, cantó don Enrique al son de un laúd estas décimas:
De la memoria los ojos
Se quejan, y con razón,
Porque ella ni el corazón
No gozan de sus enojos:
A la pena dan despojos
Los ojos, pues en no ver
Con eterno padecer
Están; pero la memoria,
Gozando el bien, está en gloria