No ha mucho más de veinte y seis años que en una ciudad de las nobles y populosas de la Andalucía, que a lo que he podido alcanzar es la insigne de Jaén, vivía un caballero de los nobles y ricos de ella, cuyo nombre es don Pedro, hombre soberbio y de condición cruel.

A este le dio Dios (no sé si para sus desdichas) un hijo y una hija, y digo que no sé si fue ventura o desgracia el tenerlos, porque cuando los trabajos no se sienten no son trabajos, que el mal no es mal cuando no se estima por mal, que hay corazones tan duros o tan ignorantes que de la misma suerte reciben el trabajo que el gusto; y si bien dicen que es valor, yo le tengo por crueldad.

El hijo tenía por nombre don Alonso, y la hija doña Mencía; hermosa es fuerza que lo sea, porque había de ser desgraciada; demás que parece que compadece más la desdicha en la hermosa que en la fea; virtuosa era fuerza, siendo noble; amada, ella misma con la afabilidad y noble condición se lo granjearía; deseada y apetecida, ¿qué mujer rica de naturaleza y fortuna no lo es? Pues parece que por lo admirable de ver juntas en una mujer nobleza, hermosura, riqueza y virtud, no solo admira, mas es imán que se lleva tras sí las voluntades; y teníalas doña Mencía tan granjeadas que, no solo en su misma tierra, mas en las apartadas y cercanas tenía su fama jurisdicción, por lo cual había muchos que la deseaban por esposa y se la habían pedido a su padre; mas él, deseoso de que toda la hacienda la gozase don Alonso, teniendo intento de que doña Mencía fuese religiosa, la negaba a todos cuantos le trataban de merecerla dueño.

A quien más apretó el deseo o el amor de doña Mencía fue a un caballero natural de la ciudad de Granada, que asistía en la de Jaén, algunos años había, por haberse venido sus padres a vivir a ella, trayéndole muy pequeño; la causa se ignora, solo se sabía que era abastecido de riquezas en tanta suma que, siendo su padre de los más poderosos de la ciudad, cualquiera de los caballeros de ella, cuando en don Enrique no hubiera las partes de gala, bizarría y noble condición, por solo la hacienda tuvieran a suerte emparentar con él, y la tenían por muy buena en tenerle por amigo, porque hallaban en su liberalidad muchos desahogos para algunas ocasiones de necesidad; siendo de este número don Pedro y su hijo.

Mas como la soberbia de don Pedro predominaba en él más que su nobleza, no hacía dentro de sí mismo la estimación que a don Enrique se le debía, efecto de no desearle como los demás para emparentar con él, y esto nacía de saber no sé qué mancha en la sangre de don Enrique, que don Pedro no ignoraba, que a la cuenta era haber sido sus abuelos labradores, falta que, supuesto que se cubría con ser cristianos viejos y con tanta abundancia de hacienda, no fuera mucho disimularla.

Enamorado de la hermosura y contento con la buena fama de doña Mencía, se atrevió don Enrique a pedírsela a su padre y hermano por esposa, quienes habiéndole respondido que doña Mencía quería ser monja, se halló defraudado de merecerla, y desesperado por amarla; mas como los amantes siempre viven de esperanzas, no la perdió del todo don Enrique, pareciéndole que si llegase a alcanzar lugar en la voluntad de la dama, importaba poco no tener la de su padre; pues, a todo riesgo, como ella quisiese ser su esposa, todo el daño podía resultar en sacarla de su poder, aunque no le diesen dote con ella, pues tenía bastantes bienes para no sentir la falta de que doña Mencía no tuviese sino los de su belleza y virtud.

Y con ese pensamiento se determinó a servir a doña Mencía y ganarla la voluntad hasta conseguir su deseo y salir con su intención, y para esto granjeó la voluntad de un criado de doña Mencía que la acompañaba ordinariamente cuando salía fuera, aunque era pocas veces, por la condición escrupulosa de su padre y hermano; los cuales ya la hubieran encerrado en un convento, temerosos de que ella no se casase, viendo que no trataban de casarla, a no haber visto en doña Mencía poca voluntad a tal estado, y aguardaban a que viéndose encerrada, y no muy querida de los dos, la obligase el aprieto de sus condiciones a elegir el estado que ellos deseaban darle; y si bien don Enrique no ignoraba que doña Mencía tenía otros pretensores que con el mismo intento que él la solicitaban, fiado en su gentileza y riqueza, y en la ayuda que el criado que había traído a sí con dádivas le prometía, dio principio a su pretensión con este papel:

«Mi atrevimiento es grande, mas no mayor que vuestra hermosura, que con esa no hay comparación, sino solo mi amor; forzado de él os he pedido a vuestro padre por esposa, mas he sido tan desgraciado que no le he merecido este bien, diciéndome que os tiene para religiosa. Viéndome morir sin vos, me ha parecido que, si vuestra voluntad me admite, importa poco que me falte la suya, pues no me hizo el cielo tan pobre que tenga necesidad de su hacienda, si acaso por esto desea poneros en el eterno cautiverio de la religión, quitando al mundo el sol de vuestra hermosura y a mí la dicha de merecerla: mi intento es que seáis mi dueño, aunque sea a disgusto suyo. Ya os he dicho cuanto os puedo decir, y si os pareciere atrevimiento, tomad un espejo, mirad vuestra belleza, y me disculparéis. Suplícoos, señora mía, que por ser ingrata conmigo, no seáis cruel con vos, ni aguardéis a que vuestro padre, quitándoos la libertad, me quite a mí la vida.»

No se descuidó el mensajero en dar el papel a su señora, la cual, habiéndole leído, y considerando cuán tiranamente su padre y hermano, por desposeerla de la hacienda, la querían privar de la libertad, desesperada con la pasión y persuadida del criado, que puso todas las fuerzas de su astucia diciéndola lo que ganaba en ser esposa de don Enrique, su riqueza y prendas, aconsejándola no dejase perder la ventura que le ofrecía el cielo, diciéndola que si no se casaba así, no esperase serlo de mano de su padre, porque él sabía bien su intención, que era quitarla la ocasión de que la hacienda, que toda la quería para su hermano, se desmembrase, y otras cosas semejantes.

Pareciéndole a doña Mencía que el yerro de casarse sin gusto de su padre con el tiempo se doraría; agradada de la graciosa persona de don Enrique, a quien había visto muchas veces y tenía particular inclinación, y porque había de ser desgraciada, que es lo más cierto (pues aunque se dice que el sabio es dueño de las estrellas, líbrenos Dios de las que inclinan desgracias, que aunque se teman y se aparte de ellas, es necesaria mucha atención para que no ejecuten su poder), se rindió al gusto de su amante, al consejo de su criado y, lo más cierto, a su inclinación, y a pesar de esta suerte, al gusto de su padre, por ser tan contrario al suyo.