—Que los hombres siempre lleven la mira a engañar a las mujeres, no me persuado a creerlo; pues que algunos habrá que con la primera intención, o aficionados a la hermosura, o rendidos al agrado, o engolosinados de la comodidad, amen, esto téngolo por certísimo: que se cansan presto, y cansados, o se entibian, o aborrecen y olvidan, es seguro: mas que hay muchos que engañan, ¿quién lo puede dudar? Pues todas las veces que yo dijere que deseo una cosa, teniéndola, engaño, pues lo que poseo no lo puedo desear; ¿y cómo el casado, teniendo a su mujer, busca otra?
No es respuesta el decir: «Haralo porque es más hermosa, más graciosa o más agradable»; porque le responderé: «Cuando amaste esa, ¿no la hallaste con todas esas gracias? ¿Sí? Pues mírala siempre con ellas, y será siempre una, y no engañes a otra diciendo que la quieres amar y servir. No amas ni sirves a la que tienes en casa, ¿y lo harás a la que buscas fuera?»
Y lo mismo es el galán con la dama, y de estos engaños que ellos hacen, las mujeres dan la causa, pues lo creen; y así no me maravillo que los hombres las condenen.
No quieren los hombres confesar que engañan, que eso fuera preciarse de un mal oficio, antes, publicando buen trato, culpan a las mujeres de que no le tienen bueno; y si los apuran, dicen: «¿Para qué se dejan ellas engañar?» Y tienen razón, que hay mujer que es como el ladrón obstinado, que aunque ve que están ahorcando el compañero, está él hurtando. Ven a las otras lamentarse de engañadas y mal pagadas, y sin tomar escarmiento, se engañan ellas mismas.
¿Por qué yo me he de engañar de cuatro mentiras bien afectadas que me dice el otro, asegurándome que se guardó para mí intacto y puro, sin tener otras ciento a quienes dice otro tanto? Y luego me engaño. Bueno está el engaño. Anda, boba, que tú te engañaste, que a los hombres no se les ha de creer sino cuando dicen: «Domine, non sum dignus».
Aficionose un galán por las nuevas que había oído de una dama, o lo fingía (que era lo más seguro); trató de verla, no lo consintió; dio en escribirla, y ella, por lo galante, le respondía de lo acendrado, de lo cariñoso, de lo retórico, y él siempre hacía sus fuerzas por verla, mas ella lo excusó hasta que el tal hubo de hacer una jornada.
Partió con su deseo, prometiendo la correspondencia, porque él amaba, según decía, el alma y no el cuerpo: a dos leguas no se acordó más de tal amor, mas ella, que, cuerda, conocía el achaque, no había caminado una cuando ya lo tenía olvidado, porque a la treta amarla con treta, que de corsario a corsario no hay que temer.
Esto es, señoras mías, no dejarse engañar, y mientras no lo hiciéredes así, os hallaréis a cada paso en las desdichas en que hoy se hallan todas las que tratan de estos misterios más dolorosos que gozosos.
Lo que siento mal de los hombres es el decir mal de ellas, porque si son buenas, no cumplen con las leyes divinas y humanas en culpar al que no tiene culpa; y si son malas, no es menester decir más mal que el que ellas mismas dicen de sí con sus malas obras; y con esto ellos mostrarán su nobleza, y ellas su civilidad; mas ya me parece que no habrá en eso enmienda, y así, trataremos de salir con nuestra intención, que es probar que hay y ha habido muchas buenas, y que han padecido y padecen en la crueldad de los hombres sin culpa; y dejemos lo demás, porque tengo por sin duda que están ya tan obstinados los ánimos de los hombres contra las mujeres que ha de ser trabajo sin fruto, porque como no encuentran con las buenas, no se quieren persuadir que las hay, y esa es su mayor ignorancia, que si las que hallan a cada paso y a cada ocasión en las calles, por los prados y riscos, de noche y de día, pidiendo y recibiendo, y muchas dando su opinión a precio del vicio, fueran buenas, no las hallaran, y crean que esto es lo cierto; y conociendo en la libertad de su trato lo que son, no se quejen, sino vayan con advertimiento que la que busca, en pasando aquello que halla, buscará otro tanto, y cuando no lo encuentre lo irá a buscar a los infiernos; y de las que buscan a todos no esperen sacar más que agravios, si lo son; porque yo tengo por seguro que el mayor es el que les hicieren en las bolsas, que los demás no lo son, pues saben que aquel es su oficio.
Con esto he dicho lo que siento: lo diré en mi desengaño en razón de la crueldad de los hombres e inocencia de muchas mujeres que han padecido sin culpa.