Dos mil veces os la doy.

Causó la música (aunque sin ostentación de voces ni instrumentos, más de la que alcanzó del cielo el que la daba) por novedad, admiración en la vecindad; y temía al padre de doña Mencía, que su hermano no estaba en casa, que, como mozo, se recogía tarde, ocupado en sus juegos y galanteos; mas por la primera vez no hizo extremo alguno, considerando en medio de su sospechoso recelo que podía ocasionarla alguna dama de las que había en la vecindad, viendo que su hija parecía vivir descuidada de galanteos y amores: en fin, pasó por esta vez en su duda, porque aunque doña Mencía estaba junto a la reja, no la abrió, oyendo que su padre no dormía, antes muy paso se acostó, y no negoció mal en hacerlo, porque desde que don Enrique empezó a cantar, estaba don Alonso en la calle, que venía a acostarse, mas como en ninguna ventana de su casa vio gente, aunque enfadado, entrándose en ella, no se dio por entendido de su enfado.

Vínose a eslabonar de suerte la voluntad de don Enrique y doña Mencía, ayudados de los consejos y solicitudes de Gonzalo y de una doncella suya, a quien doña Mencía dio parte de su amor, que por la misma reja se hablaban, y delante de los criados se dieron fe y palabra de esposos, con que don Enrique se juzgó dichoso y doña Mencía segura de que su padre la hiciese fuerza para que tomase el estado que deseaba; si bien temiendo la dama la ira de su padre, pidió a su amante que por entonces no se hiciese novedad alguna, hasta ver si su padre mudaba de intención, que se la concedió bien contra su voluntad, porque, como amaba, quisiera verse en la posesión de su amada prenda, lo que era imposible por la condición dicha de su padre y hermano, si no era sacándola de su casa: tanta era la custodia con que la tenían; y aunque causaba algún escándalo en los vecinos de la misma calle verlos hablar de noche por la reja, no se atrevieron a estorbarlo por la soberbia que en padre e hijo conocían, disculpando en parte a la dama por la vida tan estrecha en que la tenían, no saliendo sino a misa, y eso acompañándola su padre o hermano.

Cuando don Enrique se enamoró de doña Mencía tenía una dama casada, más libre y desenvuelta; y como el verdadero amor no permite en el pecho donde se aposenta compañía, al punto que amó a doña Mencía para hacerla su esposa, se olvidó del de Clavela, en tanto extremo que ni verla ni aun pasar por su calle fue posible acabarlo con él.

Clavela, sentida del desprecio y de la falta que la hacían las dádivas y regalos de don Enrique, dio en inquirir y saber la causa, sospechando que nuevos empleos le apartaban de ella, y encomendando el averiguarlo a la solicitud de una criada, no la fue dificultoso, porque siguiéndole de día y de noche vino a saber cómo hablaba con doña Mencía todas las más noches por aquella reja; y conociendo las prendas de la dama, bien conoció que era casamiento, porque por otra vía no se podía entender que caminase aquel amor, y se resolvió a estorbarlo, aunque pusiese a peligro su vida y la de los dos amantes.

¿Qué no intentará una mujer libre y celosa? Pues como tal buscó a don Enrique, viendo que él no la buscaba a ella; y sobre muchos disgustos que acerca del caso tuvieron, viendo que ni con lágrimas ni ruegos, ni con amenazas, le podía volver a su amistad, se determinó a llevarlo por camino más violento: pues aunque don Enrique se lo negó, como ella estaba bien cierta de la verdad, no tuvo atención a más que a vengarse, y la desdicha la dio modo para hacerlo.

Tenía esta dama amistad con unas señoras de la ciudad, madre e hija, de lo bueno y calificado de ella, aunque en su modo de vida no se portaban con la atención competente a su sangre, porque recibían visitas con gran desdoro de su opinión, en cuya casa entraba familiarmente don Alonso, y aun ellas visitaban algunas veces a su hermana; porque aunque por su modo de vida las más principales de la ciudad se negaban a su casa, no las podían impedir venir a las suyas.

En esta casa había visto don Alonso a Clavela, y aun no le había parecido mal, sino que se le había ofrecido por muy suyo, y aun dicho a las expresadas señoras la hablasen de su parte. No ignoraba Clavela ser don Alonso hermano de doña Mencía, y si bien a los principios, creyendo don Enrique volvería a su amistad, se había negado a su pretensión, ya desvalida de todo punto de don Enrique, admitió a don Alonso, no tanto por estar aficionada a él cuanto por entablar su venganza.

Veíase, por causa de su marido, con don Alonso en casa de sus amigas, y un día que todas juntas estaban con don Alonso en conversación, le dijo Clavela que por qué no casaba su hermana, que si aguardaba a que ella se casase sin su gusto y el de su padre.

—No hará Mencía tal —dijo don Alonso—, porque demás de que su virtud y obediencia la asistía siempre, era muy niña y aún no habían llegado a su imaginación esos deseos, que a ser de más edad, ya estuviera en religión.