—¡Qué bueno es eso —respondió Clavela— para lo que sé! Bien dicen que el postrero que lo sabe es el ofendido: pues advierta, don Alonso, que si no está casada, ya anda en eso; y dígolo así porque no es de creer que una dama de la calidad y circunstancias de la señora doña Mencía se atreviera contra su opinión, la de su padre y hermano, a hablar todas las noches por una reja con don Enrique, si no fuera para casarse.
—Mira lo que dices, Clavela —dijo don Alonso—, que si son celos de don Enrique porque entra algunas veces en mi casa, bien puedes tenerlos, y dármelos a mí con saber que aún no estás olvidada de esa voluntad, mas no que pongas dolo en el honor de mi hermana, porque desde mi cuarto al suyo hay mucho, y juraré que las veces que don Enrique entra a buscarme a mí, ni ve a mi hermana ni ella está en tan poca custodia que le vea a él, porque es mi padre quien la vela.
Riose Clavela y las demás, que ya todas estaban puestas en hacer este mal a doña Mencía, y dijo:
—Ni son celos, ni a mí me importa nada don Enrique, que no es sino sentimiento de que se hable mal en la vecindad y otras partes contra el honor de esta señora; las músicas, los paseos, el hablar de noche es tan público que antes dicen que don Alonso y su padre se dan por desentendidos, por casarla sin dote con un hombre tan poderoso como don Enrique. Esto lo saben muy bien estas señoras, y es muy buen modo de tener yo celos, y supuesto que si se toma mi voto, le daré ahora, aconsejando que sería mejor casarlos que no dar motivo a murmuraciones.
La ira y cólera que al instante se excitó en don Alonso, con esto que oyó, fue tan grande que apenas acertó a responderla, y ciego de enojo, tanto de la liviandad de su hermana como del atrevimiento de don Enrique, sin poder disimular su pasión ni las mal aconsejadas mujeres reportarle en ella, pues no pretendían sino incitarle a ella, se despidió y fue a su casa, y apartando a su padre, le dio cuenta de lo que pasaba, y después de varios acuerdos se determinaron a disimular hasta vengarse, teniendo por afrenta que la sangre de don Enrique se mezclase con la suya.
Más de un mes se pasó sin tratarse de nada, en razón de la venganza; porque como don Pedro era hombre mayor, no quiso hallarse a los riesgos de ella; y así, habiendo venido la flota donde le traían cantidad de dineros, diciendo que quería hallarse presente al despacho de ellos en las aduanas de Sevilla, se partió de Jaén llevando consigo a Gonzalo y otros dos criados que había en casa, no quedándole a don Alonso más de un paje que le acompañaba en este tiempo.
Disimuladamente se había don Alonso enterado del galanteo de su hermana, y vístola por sus ojos hablar con don Enrique, el que, si bien no se aseguraba mucho de las amenazas que Clavela le había hecho, amaba tanto a doña Mencía que, sin temer riesgos ni peligros, continuaba en verla, pareciéndole que cuando Clavela intentara hacer algún mal, todo podía parar en sacar la cara y decir que era doña Mencía su mujer: y aun a no impedírselo ella, temerosa de la ira de su padre, ya lo hubiera hecho. En teniendo cartas don Alonso de que su padre había llegado a Sevilla, al punto dio orden de lo que entre ellos había quedado dispuesto.
Mal segura se hallaba doña Mencía y temerosa por ver a su hermano andar desabrido con ella; y no queriendo ya aguardar a algún lance peligroso, un día, acabando de comer, viendo a su hermano que se había ido a su cuarto, se entró en aquella cuadra por donde hablaba a don Enrique, cuya reja caía a las espaldas de la casa, que era donde ella se tocaba, por detrás de la en que ella tenía su cama, y se puso a escribir un papel a su esposo, pidiéndole se viese aquella noche con ella para disponer sus cosas; y acabando de escribirle, don Alonso, que no se descuidaba, y había estado acechando lo que hacía, habiendo enviado al paje de propósito fuera, y dejando cerradas en su mismo cuarto dos doncellas y una criada de cocina que había, amenazándolas con la muerte si chistaban, entró en el aposento de su hermana tan paso, que sin poder prevenir guardar el papel, le cogió cerrándole; y como se le quitó y le leyó, aunque la triste dama quiso disculparse, no le bastó ninguna cosa que en abono suyo intentase decir.
Saliose don Alonso fuera, y cerrándola con llave, se salió a la puerta de la calle, donde se estuvo hasta que vio pasar un clérigo, al cual llamó, diciéndole entrase a confesar una mujer que estaba en grande peligro de muerte.
Hízolo así el sacerdote, y entrando dentro y don Alonso con él, harto espantado de no ver en toda la casa persona alguna, llegaron al retrete, y abriendo don Alonso la puerta le dijo que entrase y confesase aquella mujer que estaba allí, porque al punto había de morir.