Asustose el sacerdote, y dijo que por qué causa quería hacer crueldad semejante.

—Padre —respondió don Alonso—, eso no le toca a usted, ni a mí el darle cuenta por qué la tengo de matar: confesarla es lo que le piden, y si no lo quiere hacer, váyase con Dios, que sin confesar la mataré.

Viendo pues el clérigo la determinación de don Alonso, entró y confesó a doña Mencía, la cual con muchas lágrimas lo hizo, deteniendo al clérigo para entretener algún poco más la vida, como le contó él mismo después.

Acabada de confesar la dama, el sacerdote salió, y con palabras muy cuerdas y cristianas quiso reducir a don Alonso, diciéndole que mirase que aquella señora no debía aquella muerte, por cuanto su delito no pasaba a ofensa, supuesto que no era más que deseo de casarse, sin haber habido agravio ninguno de por medio; que temiese la ofensa de Dios y su castigo.

—Bien estoy en esto, padre —respondió el airado mozo—; yo sé lo que tengo de hacer, y nunca dé consejo a quien no se le pide. Lo que yo le ruego es que en estos ocho días no diga a nadie esto que aquí ha visto; porque si lo contrario hace, le he de hacer menudas piezas.

Temió tanto el clérigo que, no dudando que estaba tan en peligro como la dama, habiéndoselo prometido, no vio la hora de verse fuera de aquella casa, y aun después no acababa de asegurarse si estaba en salvo; por lo cual no se atrevió a dar cuenta del caso hasta que estuvo público.

Ido el sacerdote, don Alonso volvió a entrar donde estaba la desdichada dama, y dándola tantas puñaladas cuantas bastaron a privarla de la vida, se salió, y cerrando el retrete, se dejó la llave en la misma puerta, y luego aguardando a que viniese el paje, le dio el papel de doña Mencía y le mandó se le llevase a don Enrique, diciéndole que dijese se le había dado su señora, y que luego le fuese a buscar a casa de aquellas señoras donde solía ir y que le aguardase allí hasta que él fuese.

Con esto, cerrando la puerta de la casa, se fue a la de un amigo que debía de ser de las mismas mañas que él, a quien pidió le acompañase aquella noche en un caso que se le había ofrecido, y hallando en él la ayuda que buscaba, se estuvo en la misma casa del amigo retirado hasta que fuese hora de ir a él.

Dio el papel de doña Mencía a don Enrique el paje, y habiéndole respondido de palabra dijese a su señora haría lo que le mandaba, se fue donde su amo le había dicho le esperase.

Mucho extrañó don Enrique llevase el paje de don Alonso el papel; porque desde que se había ido Gonzalo a Sevilla, doña Mencía no le escribía sino por una criada, y a no conocer la letra de la dama, casi le pusiera en confusión de algún engaño; mas pensó que alguna gran novedad debía de haber, pues le escribía con diferente mensajero, y no veía la hora de ir a saberlo.