Así que vio que habían dado las once, hora en la que la dama le hablaba, por ser en la que su casa estaba sosegada; solo, porque siempre iba así, aunque apercibido de armas bastantes, se fue a la casa de su dama y llegando a su reja la vio cerrada, porque don Alonso la había dejado así; y haciendo la seña por donde se entendían, como vio que ni a una vez, ni a dos, ni a tres salía, llegó a la reja y paso tocó en ella, y apenas puso la mano, cuando las puertas de todo punto se le abrieron con un grandísimo estruendo, y alborotado con él, miró por ver que en el pequeño retrete había gran claridad, no de hachas ni bujías, sino de una luz que solo alumbraba en la parte de adentro, sin que tocase a la de afuera; y más admirado que antes, miró con más cuidado y vio al resplandor de ella a la hermosa dama tendida en el estrado, mal compuesta y bañada en sangre, que con estar muerta desde medio día, corría entonces de las heridas como si se las acabaran de dar, y junto a ella un lago de sangriento humor.

A vista tan lastimosa quedó don Enrique casi sin pulsos, y a su parecer juzgó que ya el alma se le apartaba del cuerpo, sin tener valor para apartarse ni allegarse; porque todo el cuerpo le temblaba como si tuviera un grande accidente de cuartana; y más fue cuando oyó que de donde estaba el sangriento cadáver salía una voz, muy débil y delicada, que le dijo:

—Ya, esposo, no tienes que buscarme en este mundo, porque ha más de nueve horas que estoy fuera de él; pues aquí no está más de este triste cuerpo sin alma, de la suerte que le miras. Por tu causa me han muerto, mas no quiero que tú mueras por la mía, que quiero me debas esta fineza; y así te aviso que te pongas en salvo y mires por tu vida, que estás en muy grande peligro; y quédate a Dios para siempre.

Y acabando de decir esto, se tornaron las puertas de la ventana a cerrar con el mismo ruido que cuando se abrieron.

Quedó de lo que había oído, sobre lo que había visto, tal don Enrique que, casi tan difunto como su malograda esposa, faltábale de todo punto el ánimo y el valor; y no es maravilla, pues por una parte el dolor y por otra el temor le dejaron poco menos que mortal; tanto que ni moverse de allí ni aun alentar le era posible.

Ya cuando esto sucedió, don Alonso y su amigo estaban en la calle, aunque no sintieron el ruido ni vieron abrir la ventana; mas seguros de que era don Enrique, pensando, como le veían parado, que estaba aguardando que le abriesen; el uno por la una parte y el otro por la otra le vinieron cercando, y cogido en medio, sin poder el pobre caballero defenderse con la turbación que tenía, aunque vio acometerse, ni se pudo aprovechar de una pistola que traía, ni meter mano a la espada; y de dos estocadas que a un tiempo le dieron le tendieron en el suelo, donde caído le dieron veinte y dos puñaladas, y dejándole casi muerto se pusieron en fuga, porque a las voces que dio pidiendo confesión, empezó a salir gente y sacar luces.

En fin, vieron que don Alonso se fue a casa de las ya dichas y el amigo a un convento: la gente que se juntó llegaron a don Enrique y le hallaron sin sentido; y estando trazando el llevarle a su casa, porque de todos era bien conocido, llegó la justicia, y haciendo su oficio, no pudieron averiguar más de que a las voces que aquel caballero había dado, pidiendo confesión, habían salido, y hallándole en el estado que le veían, y revolviéndole, conocieron que no estaba muerto.

En fin, le llevaron a su casa, dando con su vista la pena a sus padres, que era razón tener por ser único, y llamando quien le tomase la sangre, le desnudaron y pusieron en la cama, donde estuvo de este modo hasta la mañana, que volvió en sí, permitiéndolo Dios nuestro Señor para que se supiese el lastimoso fin de doña Mencía; porque aunque la justicia, habiendo llamado a las puertas de don Pedro y no respondiendo nadie, admirados y confusos de ver tanto silencio como en la casa había, quisieron dar orden de romper las puertas, mas no lo hicieron hasta que don Enrique, si volvía, diese su declaración; porque como don Pedro era tan principal y poderoso, todos le guardaban en la ciudad el debido respeto y decoro.

Vuelto en sí don Enrique, y dándole una sustancia, cobrando algo del ánimo perdido, pidió que luego juntamente llamasen al confesor, y al corregidor también, y venidos delante del que le había de confesar, contó al corregidor todo lo que aquella noche le había sucedido, pidiendo se fuese a casa de don Pedro, y rompiendo, si no abrían la puerta, viesen si había sido verdad o alguna ilusión fantástica; si bien por aquel papel que de su esposa había recibido y las heridas que le habían dado, lo tenía por verdad.

Mientras el corregidor fue a averiguar el caso, admirado de lo que contaba el herido, este se confesó y recibió el Santísimo Sacramento, hallándole los cirujanos muy de peligro.