El corregidor y sus ministros fueron a casa de don Pedro; llamaron, y como no respondiese nadie, derribaron la puerta, y entrando, no hallaron a nadie, y yendo de una sala en otra hasta llegar al retrete, que, como he dicho, estaba la llave en la puerta, y abriendo hallaron a la hermosa y desdichada doña Mencía de la misma suerte que decía don Enrique haberla visto: las heridas y sangre que de ellas corría estaban como si entonces se acabaran de dar: junto a ella estaba un bufetillo con recado de escribir, y en unos pliegos de papel, que había encima, estaba escrito:

«Yo la quité la vida, porque no mezclara mi noble sangre con la de un villano.

Don Alonso.»

Visto esto, anduvieron toda la casa por ver si había alguna gente, y en un aposento, al último de otro cuarto que estaba en frente del que acababan de mirar y donde estaba la difunta dama, oyeron dar gritos, y abriendo con la llave que asimismo estaba en la cerradura, hallaron las dos doncellas y la criada de doña Mencía, de quienes no pudieron saber más de que don Alonso, el día antes, habiéndolas llamado, las había encerrado allí, amenazándolas con que si daban voces las había de matar.

Diose orden de depositar el cuerpo de doña Mencía en la parroquia hasta que se determinase otra cosa, y haciendo la justicia sus embargos, como de oficio le tocaba, llamaron a don Alonso a pregones, avisando a Sevilla para que prendiesen a don Pedro; mas él, probando la coartada, de presto le dieron por libre: y tomando por excusa no haber estado en la parte en que había sucedido el fracaso de su amada hija, se quedó viviendo en Sevilla.

Divulgose por la ciudad el suceso y entonces acudió el clérigo que había confesado a doña Mencía a contar lo que le había sucedido.

Don Enrique llegó muy al cabo; mas Dios, por intercesión de su Madre santísima, a quien prometió, si le daba vida, ser religioso, se la otorgó; y así lo hizo, que se entró fraile en un convento del seráfico padre san Francisco, y con mucha parte de su hacienda labró el convento, que era pobre, y una capilla con una aseada bóveda, donde pasó el cuerpo de su esposa; habiendo muchos testigos que se hallaron presentes a su translación, que aseguraron que, con haber pasado un año que duró la obra, estaban las heridas corriendo sangre como el mismo día que la mataron, y ella tan hermosa que parecía no haber tenido jurisdicción alguna la muerte en su hermosura.

Don Alonso, habiendo estado ocho días con su paje escondidos en casa de aquellas damas con Clavela, al cabo de ellos, como estaba bien prevenido de joyas y dineros, que antes de salir de su casa había tomado, dejando al paje durmiendo, se partió una noche la vuelta de Sevilla para despedirse de su padre y caminar a Barcelona, donde tenía determinado embarcarse para pasar a Italia.

El paje, cuando despertó y supo que su amo le había dejado, se salió del encierro, contando por la ciudad como su amo había estado en aquella casa ocho días, y como los había oído hablar de la muerte de su señora y heridas de don Enrique, por lo cual las tales damas estuvieron presas y a pique de darlas tormento; mas donde hay dinero todo se negocia bien.

El amigo de don Alonso, como contra él no había indicio alguno, por estar el secreto entre los dos, en viendo sosegados estos alborotos, salió libremente a la calle.