Don Alonso estuvo con su padre en Sevilla solos dos días, porque como sabía que estaba llamado a pregones y sentenciado en ausencia a cortarle la cabeza, no paró allí más, antes se partió para Barcelona, donde se embarcó y con próspero viaje llegó a la ciudad de Nápoles, donde sentó plaza de soldado, por no dar que decir de que estaba allí sin ocupación alguna; y socorrido largamente de su padre, pasaba una vida ociosa, jugando y visitando damas.

Ayudole a darse tanto al vicio haber tomado amistad con un jenízaro, hijo de español y napolitana, hombre perdido y vicioso, tanto en glotonerías como en lo demás; y como don Alonso tenía dineros, hallábase bien con él, ganándole la voluntad con lisonjas. Este era clérigo salvaje, y porque no se extrañe este nombre, digo que hay en Italia unos hombres que, sin letras ni órdenes, tienen renta por la iglesia solo con andar vestidos de clérigos, y llámanlos prestes salvajes, y así lo era Marco Antonio, que este era su nombre.

Luego que tuvo aviso don Pedro de que su hijo estaba en Nápoles y tenía sentada plaza, le diligenció muchas cartas de favor, por las cuales el excelentísimo señor conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, que era virrey de aquel reino, le dio una bandera, con la cual estaba don Alonso tan contento y olvidado de la justicia divina, y de la inocente sangre de su hermana que había derramado tan sin causa como se ha visto, que dio en enamorarse; cosa que hasta entonces no había hecho, pues aunque había tenido amistad con Clavela, más había sido apetito que amor, y aun en esta ocasión lo pudiera excusar.

Estaba en la ciudad un caballero entretenido, como hay en ella muchos, cuyo nombre es don Fernando de Añasco, español y caballero de calidad, y que había sido capitán de infantería: este tuvo un hijo que casó allí con una señora de prendas, aunque no muy rica, y dejándola cinco hijas, murió; y visto por don Fernando que la nuera y nietas estaban necesitadas, las trajo a su casa: las dos mayores se entraron religiosas en el convento de la Concepción, de la misma ciudad, porque estando velando juntas una noche, cayó entre las dos un rayo y no las hizo mal, y ellas, asombradas de esto, no quisieron estar más en el siglo: las otras dos casaron por su hermosura, sin dote, con dos capitanes.

Quedó la menor y la más hermosa, llamada doña Ana, y tan niña que apenas llegaba a quince años: mas como su madre y abuelo habían gastado tanto con las dos monjas, no tenían qué darla, ni aun para vestirla sino con un moderado aseo, y con todo eso sobresalía tanto su belleza que ninguna de la ciudad (con haber muchas) la igualaba, y ella excedía a todas: mas no le había llegado su ventura como a sus hermanas, porque la estaba aguardando su desventura.

Viola don Alonso y enamorose de ella, y, enamorado, dio en galantearla con las tretas que todos los hombres galantean, o, por mejor decir, engañan, que este arancel todos le saben de memoria.

¡Ay de aquellas que los creen! ¡Y ay de doña Ana, que se dejó ver de don Alonso, que no fue para ella amante sino el hado fatal que la ocasionó su desgracia! Noble, honesta, recogida y hermosa era doña Ana, ¿mas de qué la sirvió si nacía desgraciada?

Hacíale, como dicen, rostro; lo uno, porque sabía quién era y su rico mayorazgo después de la vida de su padre: lo otro, porque cuanto al talle, bien merecía ser querido; y quiso probar la suerte por ver si acertaba, como sus hermanas, mas no porque se alargase más en los favores que le hacía, que a dejarse ver en la ventana y oír con gusto alguna música que la daba, que en esto aun con más extremos se adelantan en Italia que en otras partes, porque son todos muy inclinados a ella.

Diola una don Alonso una noche, cantando él mismo a una vihuela este romance, tomando por asunto no haber ido doña Ana a un jardín, por llover mucho, donde habían de ir a holgarse su madre y hermanas con otras amigas; que como don Alonso estaba enamorado, siempre andaba inquiriendo las salidas de la dama, por mostrarla su cuidado en ellas, y esto se lo había dicho un criado de su casa.

En fin, el romance era este: