Con estos y otros engaños (que así los quiero llamar) andaba don Alonso solicitando la tierna y descuidada corderilla, hasta cogerla para llevarla al matadero, no acordándose de que había traído al mismo a la hermosa doña Mencía su hermana.

Se pasaron en solicitudes amorosas muchos días, y como con ella no granjeaba más favores de los ya dichos, andaba desesperado, de lo cual su amigo Marco Antonio había estado ignorante hasta que, ya a los últimos días, viéndole melancólico y desesperado, le dijo:

—Cierto, don Alonso, que aunque pudiera quejarme de vuestra amistad, no teniéndola por muy segura, pues encubrís de mí vuestra pasión amorosa, dando lugar a que la sepa de otra parte primero que de vuestra boca, no me quiero sentir agraviado de ello, antes, compadecido de vuestra pena, me quiero ofrecer para el remedio de ella; que tengo por seguro no habrá en todo el reino de Nápoles quien mejor que yo os dé la prenda que deseáis: mas he menester saber qué intento es el vuestro en este galanteo a doña Ana de Añasco; porque si la pretendéis menos que para esposa, os certifico que perderéis tiempo, porque en doña Ana hay mayores virtudes de las que admiráis en su hermosura, pues demás de ser muy recatada y honesta, en calidad no os debe nada, porque su padre tuvo el hábito de Santiago por claro timbre de su nobleza: no es ella rica, que la fortuna hace esos desaciertos: a quien no lo merece da muchas prosperidades, negándoselas a los que con justa causa debían darse; de modo que si la amáis para dama, os aconsejo os apartéis de esa locura porque no sacaréis de ella al cabo de mucho sino lo que habéis sacado hasta hoy; y si la deseáis por esposa, que lo cierto es que os merece tal, dejadme a mí el cargo, que antes de seis días la tendréis en vuestro poder.

—No me tengáis, amigo Marco Antonio —respondió don Alonso—, por tan ignorante que había de pretender a doña Ana para menos que para mi esposa; pues no ignoro que de otra suerte no he de ser admitido; y si bien pudiera retirarme de este pensamiento la poca hacienda que tiene, de lo que estoy bien informado, no reparo en eso, aunque la condición avarienta de mi padre me pudiera dar temor, pues yo tengo bienes, gracias al cielo, para los dos; y mi padre no tiene otro hijo sino a mí: su hermosura y nobleza, junto con su virtud, es lo que yo en doña Ana estimo, y así, perdiendo el enojo de no haberos dado parte de este amor desde el principio, os suplico, pues aseguráis que tenéis poder para ello, me hagáis dueño de tal belleza, que con eso me juzgaré dichosísimo.

Prometióselo Marco Antonio, y tomando la mano en ello, lo supo negociar tan bien, dándole a entender a don Fernando lo que granjeaba en tener por yerno a don Alonso, contándole cuán gran caballero y rico era don Alonso, que antes de un mes estaba desposado con doña Ana, tan contenta ella, su madre y abuelo con el venturoso acierto, que les parecía tener toda la ventura del mundo por suya.

Había poco que don Pedro había enviado a su hijo letras de cantidad, con lo que él puso su casa, que fue en la misma de don Fernando, eligiendo don Alonso para sí un cuarto en frente del suyo, que no tenía más división que un corredor.

Sacó galas a doña Ana, con que mostraba más su hermosura, manifestando don Alonso el primer año en su alegría su acierto. A los nueve meses les dio el cielo un hijo, que llamaron como a su abuelo paterno, don Pedro, al cual doña Ana su madre quiso criar a sus pechos.

Bien quisiera don Alonso que no supiera su padre que se había casado, temeroso de lo mal que lo había de recibir, y por no perder el socorro que todos los más ordinarios le enviaba: mas como nunca falta quien por meterse en duelos ajenos haga más mal que bien, se lo escribieron a su padre, el cual, como lo supo, loco de enojo, le escribió una carta muy pesada, diciéndole en ella que ni se nombrase su hijo ni le tuviese por padre; pues cuando entendió que le diera por nuera una gran señora de aquel reino, que engrandeciera su casa de calidad y riqueza, añadiendo renta a su renta, se había casado con una pobre mujer que antes servía de afrenta a su linaje que de honor; y que si le tuviera presente, hiciera de él lo que él había hecho de su hermana: mas pues estaba tan contento con su bella esposa que sin comer se podía pasar, o que lo ganase como quisiese, que no le pensaba enviar un maravedí, antes determinaba dar tan buen cabo de su hacienda, que cuando él muriese, no hallase ni una sombra de ella; que más quería jugarlo a las pintas que no que la gozase la señora doña Ana de Añasco.

Mucho sintió don Alonso el enojo de su padre, y fue de modo que bastó a templarle el amor, de suerte que lo que hasta allí no le había sucedido, que era arrepentirse de haberse casado, en un instante le llegó el arrepentimiento y se le empezó a conocer en el desagrado con que trataba a su esposa. No sabía doña Ana la causa de ver tal novedad en su esposo, y lloraba sus despegos bien lastimosamente; mas al fin lo supo, porque vencido don Alonso de sus importunaciones, la enseñó la carta de su padre.

Pues como se quitó la máscara y vio que ya doña Ana lo sabía, lo que antes eran despegos se convirtió en aborrecimiento; la daba a cada paso en cara con su pobreza, y más fue cuando, gastado el dinero que tenía, empezó a dar tras las galas de su esposa, vendiendo unas para el sustento y jugando otras. Vino a tal estado de miseria que, despidiendo las criadas, se humilló a servir su casa, aunque alguna vez la criada de su madre la excusaba con acudir a servirla, y lo peor de todo era que muchos días no comiera si no la socorrieran su madre y abuelo.