Con estas cosas se remató don Alonso de suerte que no había cosa más aborrecida de él que la hermosa dama, y de aborrecerla nació el desear verse sin ella, creyendo que así volvería a la amistad y gracia de su padre; y luego, con los buenos consejos de su amigo Marco Antonio, se resolvió a salir de todo de una vez; y concertando los dos cómo había de ser, lo dilataron hasta la partida del excelentísimo señor conde de Lemos, que ya trataba su vuelta a España, quedando en su lugar, hasta que de Sicilia viniese el señor duque de Osuna, el señor don Francisco de Castro, conde de Castro y duque de Taurisano.
¡Ah, mozo mal aconsejado, y cómo la sangre de tu hermana clama contra ti y, no harto de ella, quieres verter la de tu inocente esposa!
Llegose el plazo, y más apriesa el que ha de ser más desgraciado; y como el embarcarse había de ser de noche, fue don Alonso a su casa con su amigo y díjola a doña Ana, que acababa de dormir a su niño y le había echado en la cama, que viniese y vería embarcar al virrey, que antes que el niño despertase se volverían.
Pareciola a doña Ana que era nuevo favor en medio de tantos disgustos como con ella tenía; y así, cerrando la puerta del cuarto y echándose la llave en la manga para cuando volviese, y no desasosegar a su madre ni abuelo, llegó a su cuarto, diciéndoles dejasen la puerta de la calle abierta, porque iba con don Alonso y Marco Antonio a ver embarcar al virrey; y se fue con ellos.
Acabada doña Ana de salir, la dijo la criada a su madre:
—¿Por qué, señora, deja vuestra señoría ir a mi señora doña Ana de noche fuera, no usándose en esta tierra salir así las señoras?
A lo que respondió:
—Amiga, con su marido va; ¿en eso qué hay que temer que se murmure?
Con esto, habiéndose recogido, se acostaron, bien inocentes y descuidadas del mal que había de suceder.
Llegó doña Ana a la marina acompañada de sus dos enemigos, y habiendo estado en ella hasta las diez, embarcado ya el virrey y partidas las galeras, aunque no todas, que algunas quedaban para la demás gente, ya que se quería volver a su casa con muy grandísimo cuidado de su niño, les rogó, a ella y a don Alonso, Marco Antonio llegasen a su posada a tomar un refresco; y aunque lo excusaron, doña Ana con su cuidado y don Alonso con su falsedad, como después se supo de él y Marco Antonio, lo hubo de aceptar.