En fin, fueron, y llegando a ella, abriéndoles la puerta una criada de Marco Antonio, ya mujer mayor, se entraron a un jardinico donde estaba la mesa, y en ella una empanada y otras cosas: sentáronse a ella y, repartiendo Marco Antonio, dio al ama su parte y la dijo pusiese allí lo que era menester, y se fuese a su aposento, cenase y se acostase, que él cerraría la puerta y se llevaría la llave, para que cuando volviese de acompañar aquellos señores pudiese entrar a acostarse.
Hecho como él lo ordenó y recogida la ama, estando la descuidada doña Ana comiendo de la empanada, fingiendo don Alonso levantarse por algo que le faltaba, se llegó por detrás con un cuchillo grande que él traía apercibido y aquel día había hecho amolar, y la dio en la garganta tan cruel golpe que la derribó la cabeza sobre la misma mesa.
Hecho el sacrificio, la echaron en un pozo que había en el mismo jardín, y el cuchillo con ella, y tomando la cabeza se salieron, y cerrando la puerta, echaron la llave por debajo y se fueron a la marina, y en una cueva que estaba en ella, haciendo un hoyo, la metieron, y al punto se embarcaron en una galera que iba aprisa en seguimiento del virrey. Vayan, que la justicia de Dios va tras ellos.
Como pasó de media noche, el niño que doña Ana había dejado dormido despertó, que ya tenía un año, y como se halló sin el abrigo y cariño de su madre empezó a llorar, a cuyo llanto despertó su abuela; mas no pudiéndose persuadir que su madre no estaba ya con él, juzgando que el sueño la tenía rendida, decía entre sí:
—¡Válgame Dios, tan dormida está doña Ana que no siente llorar su hijo!
Calló el niño un rato, con lo que la buena señora se volvió a dormir, y cuando empezó a amanecer despertó bien alborotada a los gritos que el niño daba, y levantándose se vistió y salió a ver qué era la causa de estar su nieto tan sin sosiego; mas como llamando muy recio no la respondieron, casi sospechando el mal sucedido, llamando a don Fernando y a un criado, abrieron la puerta y entraron; y como no hallasen más que el angelito solo, no sintiendo bien del caso, la señora tomó el nieto y llamando a una vecina que le diese de mamar, le aquietó y adormeció: en tanto se vistió don Fernando y salió fuera para hacer diligencias por saber de don Alonso; mas todos decían no haberle visto.
Mientras que esto pasaba en casa de doña Ana, en la de Marco Antonio había otra tragedia, y fue que la ama se levantó y fuese adonde su amo dormía; mas aunque no le halló, no hizo novedad de ello, porque otras veces se quedaba fuera; mas hízola cuando salió al jardín y vio la mesa puesta, toda llena de sangre, y también la silla en que se había sentado aquella mujer: y si bien conocía a don Alonso, por ser amigo de su amo, no sabía que fuese casado ni conocía a su esposa; y no bien contenta de ver tales señales, quitó la mesa, y saliendo fuera halló la llave.
En fin, tomó un caldero y empezó a entrarle en el pozo para sacar agua y regar la casa: aún no había entrado la mitad de la soga cuando el caldero se detuvo en el malogrado cuerpo, que se había quedado atravesado en lo angosto del pozo y no había llegado al agua; porfiando, pues, para que entrase, y siendo imposible, sacole fuera y encendió un candil, y le ató en la soga, y como le bajó, miró qué era lo que no dejaba pasar el caldero; bien medrosa vio el bulto, que aunque le pareció de persona no pudo percibir quién fuese.
Con grandísimo susto soltó la soga, fue corriendo a la calle, dando descompasados gritos, a los cuales acudió la vecindad y la gente que pasaba, y buscando quien bajase al fondo, sacaron el triste cuerpo sin cabeza.
Tenía vestido un faldellín francés, con su justillo de damasco verde con pasamanos de plata, que como era verano, no había salido con otro arreo, y rebocillo negro que llevaba cubierto, unas medias de seda nacarada, con el zapatillo negro que apenas era de seis puntos. Conoció el ama por los vestidos que era la mujer que había visto cenar con su amo y don Alonso; mas no supo decir quién era.