Avisaron a la justicia, que, venida, prendieron a la ama hasta hallar más noticia del caso y secuestraron los bienes de Marco Antonio, que no debían de ser muchos; llevaron el cuerpo a la plaza de palacio, para ver si había alguno que le conociese, habiendo mirado primero en el pozo si estaba la cabeza, mas no hallaron sino el cuchillo.

Llegados con el cuerpo de doña Ana a la dicha plaza y poniéndole en medio de ella en unas andas, acudieron todos los soldados a ver el cuerpo, y entre los demás don Fernando de Añasco, que al punto conoció a su nieta, y dando una gran voz, dijo:

—¡Ay, hija mía, y cómo ha muchos días que me decía el corazón este desastrado suceso, y no le quería creer!

Hízole llevar a su casa, donde no hay que decir cómo le recibiría su madre: los oyentes lo juzguen, que yo no me atrevo a contarlo.

Fuese a pedir justicia al virrey, el cual, lastimado de sus lágrimas, despachó tras las galeras, en un barco grande, una escuadra de soldados, y por cabo al sargento don Antonio de Lerma, con cartas pidiendo al marqués de Santa Cruz, como general de las galeras, los reos; si bien eso no pudo ser tan breve que no pasaran cinco o seis días, en los cuales se hicieron diligencias buscando la cabeza de doña Ana, mas no pareció. Al fin dieron al cuerpo, sin ella, sepultura, dejando en su abuelo, madre y hermanas gran dolor de su muerte y aun en cuantos la conocían.

Partidos los soldados, y con ellos un sobrino de don Fernando, por prisa que dieron en la navegación no alcanzaron las galeras hasta Génova, donde, cuando llegaron, había sucedido un acaso en que se vio que Dios estaba ofendido y cansado de aguardar tan enormes delitos como don Alonso cometía, para que pagase con su sangre culpada la inocente que había derramado en las muertes de su hermana y esposa; y fue que, habiendo dado fondo las galeras en el puerto, salieron de ellas todos o los más que iban embarcados para descansar en tierra de las fatigas de la mar, sabiendo que habían de estar allí tres o cuatro días, y con ellos don Alonso y su mal amigo Marco Antonio.

Llegaron a comprar unas medias de seda en casa de un mercader, y habiéndoles sacado el dicho una caja en que había muchos pares de todos colores para que escogiesen, don Alonso, persuadido del demonio, o que Dios lo permitió así, escondió unas azules, y el amigo otras leonadas, que como el mercader las echó de menos, apellidándoles ladrones, llamando amigos y criados, asió de ellos, sacándoselas a vista de todos, y no contento con esto, llamó la justicia, que los llevó a la cárcel, haciéndoles causa de ladrones; y si bien don Alonso y Marco Antonio se defendieran y no se dejaran prender, no llevaban armas, que en Génova no las trae ninguno, ni dejan pasar a nadie en la puerta con ellas, y así, habían dejado las suyas donde las dejaban los demás, sin valerles el ser soldados; y así, los llevaron a la cárcel, donde estaban cuando llegaron los que iban por ellos, y dando las cartas al marqués de Santa Cruz, mandó se buscasen y los entregasen a quien venía por ellos, que parando en la cárcel los sacaron y entregaron, y volvieron con ellos a Nápoles, y apenas les tomaron la confesión cuando dijeron lo que sabían y más de lo que les preguntaron: diciendo don Alonso que ya era tiempo de pagar con la vida, no solo la muerte de su esposa sino también la de su hermana, y que así había permitido Dios que hiciese en Génova aquel delito para que pagase lo uno y lo otro; mas que no le perdonase Dios si él tuviera ánimo para matar a doña Ana si Marco Antonio su amigo no le persuadiera a ello, diciéndole que con eso quitaría el enojo a su padre; y que él le había dado el modo y dispuesto el caso, y que haberse dejado vencer de su enojo era permisión divina, para que pagase por lo uno y lo otro; y añadió que hacía más de dos meses que apenas se dormía, cuando le parecía ver a su hermana que le amenazaba con su cuchillo.

Sentenciáronle a degollar, y a Marco Antonio a ahorcar, y otro día salieron a morir. Iba ya don Alonso, cuando salió, tan desmayado que casi no se podía tener en la mula, y fue fuerza que se pusiese cerca quien le tuviese; y viéndole así Marco Antonio, dando una voz grande, le dijo:

—¿Qué es esto, señor don Alonso?, ¿tuvisteis ánimo para matar y no le tenéis para morir?

A lo que respondió don Alonso: