—¡Ay, Marco Antonio, y como si supiera qué era morir, no matara!

En llegando al cadalso, pidió por merced a la justicia se suspendiese la ejecución de su muerte por un poco de tiempo; y diciendo dónde estaba la cabeza de doña Ana enterrada, suplicó que fuesen por ella, como se hizo, sacándola tan fresca y hermosa como si no hubiera seis meses que estaba debajo de tierra: lleváronsela, y tomándola en la mano, llorando, dijo:

—Ya, doña Ana, pago con una vida culpada la que te quité sin culpa: no te puedo dar más satisfacción de la que te doy.

Y diciendo esto, se quedó desmayado, en que se conoció que no la quería mal, sino que los desapegos de su padre y consejos de Marco Antonio fueron causa de que la quitase la vida.

En fin, don Alonso satisfizo con una muerte dos muertes, y con una vida dos vidas. Murió también Marco Antonio tan desahogadamente (si se puede decir de quien moría ahorcado) que, como estaba en la plaza y no entendió qué había pedido don Alonso cuando mandó ir por la cabeza de doña Ana, preguntó que a qué aguardaban. Y diciéndoselo, respondió:

—Buen despacio tiene mi amigo, ya no falta sino que envíe también por la de su hermana a Jaén: acabemos, señores, que no tengo condición para aguardar, y hasta el morir quiero que sea sin dilación.

Fueron estas nuevas a Sevilla, a su padre, y cuando llegaron las cartas estaba jugando con otros amigos, y acabando de leerlas, tomolas para sí, y poniéndose muy despacio a brujulearlas, dijo:

—Más quiero tener un hijo degollado, que mal casado.

Y se volvió a jugar como si tales nuevas no hubiera tenido. Mas Dios, que no se sirve de soberbios, le envió el castigo de su crueldad; pues antes de un mes, una mañana entrando los criados a darle de vestir, le hallaron en la cama muerto, dejando una muy gruesa hacienda; y como los criados le vieron muerto, dando cuenta a la justicia, y sabiendo tenía un nieto, puso la hacienda en administración.

Se avisó la muerte de don Pedro a don Fernando, y sabida, él con su nuera y niño, dejando a Italia, vinieron a Sevilla, donde hoy, a lo que entiendo, vive: será don Pedro Portocarrero y Añasco de algunos veinte y ocho años. Suceso tan verdadero es este, que hay muchos que le vieron de la suerte que le he contado.