Acabando doña Francisca su desengaño, no se moralizó sobre él, por ser muy tarde. Sonó la música y levantándose Lisis lo hicieron así los demás, y pasándose todos a otra sala, tan bien aderezada como la que desocuparon, se sentaron a las mesas, que estaban puestas con ricos y ostentosos aparadores, donde fueron servidos de una suntuosa y sazonada cena; porque al otro día, después de referir los desengaños que faltaban, se había de celebrar el desposorio de Lisis y don Diego. De industria, por si faltaba lugar, les hizo esta noche la bien entendida Lisis el banquete, como quien sabía que otro día no habría tiempo.

Mientras duró la cena, las damas y caballeros tuvieron sobre su opinión diversas y sabidas disputas: si bien los caballeros, o rendidos a la verdad o agradecidos a la cortesía, dieron el voto por las damas, confesando haber habido y haber muchas mujeres buenas, y que han padecido y padecen inocentes en la crueldad de los engaños de los hombres, y que la opinión común y vulgar, por lega y descortés, no era justo guardarla los que son nobles, honrados y bien entendidos, pues no lo es, ni lo puede ser, el que no hace estimación de las mujeres.

Viendo que era hora de irse a reposar, la hermosa doña Isabel dio fin a la fiesta de la octava noche cantando sola este romance:

Parece que me has dado

A beber algún hechizo,

Con que de mi libertad

Vencedor triunfante has sido.

¿En qué te ofendió, tirano,

La paz en que mis sentidos,

Jamás sujetos a penas,