DESENGAÑO NONO.


LA PERSEGUIDA TRIUNFANTE.

Con aplauso de nuevos oyentes se empezó a celebrar la novena noche del honesto y entretenido sarao, porque don Diego convidó para testigos de sus deseadas dichas (como esperaba tener con la posesión de su amada Lisis) muchos señores y señoras de la corte. Sin estos, de parte de Lisis vinieron muchas damas y caballeros, no faltando por la de los demás que en las noches pasadas habían asistido nuevos convidados.

Estaba la casa de la divina Lisis desde las tres de la tarde muy concurrida de caballeros y damas, todos nobles, todos ilustres, y todos bien entendidos; que como la fama, con su sonora trompa, había extendido la nueva de que las desengañadoras probaban bien su opinión, y a los cuerdos poco es menester para sacarlos de un error, que en esto más que en otra cosa alguna se diferencian de los necios; viendo que los demás no los tachaban de otro vicio sino de que engañan a las mujeres y luego dicen mal de ellas, no sujetándose a creer que hay mujeres buenas, honestas y virtuosas; y que asimismo hay y ha habido muchas que han padecido y padecen sin culpa en sus engaños y crueldades; y esto ellos mismos lo saben y confiesan; pues el decir mal no es (a lo que entiendo) porque lo sientan así, sino por seguir la variedad de los muchos, como cuando hay una pendencia o una fiesta, que acudiendo al tumulto de toda suerte de gentes, ilustres y plebeyos, si les preguntasen adónde van, responderían que adonde van todos, y lo mismo les sucede en el decir mal de las mujeres; y, como he dicho, ya los nobles reducidos a no seguir en esto la vulgaridad, se habían engolosinado con los desengaños, que aunque trágicos, por verdaderos eran apetecidos.

Acudieron esta penúltima noche más y más temprano, con propósito de no seguir en adelante la opinión de los necios, que bien necio es el que no dice bien ni estima las mujeres; a la buena, porque lo es, y a la mala, por no parecer descortés y necio, pues por decir bien, aunque de lo que se diga sea malo, no se incurre en multas ni castigos, antes se acreditan de ánimos nobles y generosos, y lo demás es vulgaridad y grosería.

Acomodados ya todos en sus asientos, no veían la hora de oír nuevos desengaños para que fuese disculpado su rendimiento, y más ultrajado el bando descortés y común de los vulgares.

Las cuatro de la tarde serían cuando empezaron a salir las damas desengañadoras, tan vistosas y aderezadas, y con tanta bizarría, que solo en verlas se tuvieron por satisfechos de lo que habían aguardado.

Venían adelante Laura y doña Luisa, que como viudas no pudieron mudar traje, con sus vestidos negros y tocas albísimas, y en sus cabezas dos coronas de laurel, y tras ellas las otras damas, todas vestidas de encarnado, con muchas joyas; las cabezas muy aseadas, y encima de los tocados las mismas coronas, como vencedoras triunfantes, y detrás de todas salió la discreta Lisis.

Traía a doña Isabel de la una mano, y de la otra a doña Estefanía, esta con sus hábitos blancos y escapulario azul, como religiosa de la Concepción, y sobre el velo su corona como las demás, pues aunque no había hasta entonces desengañado, segura venía de ser tan valiente como todas.