Lisis y doña Isabel venían de una misma suerte, dando su vista a don Diego no poca turbación; porque habiendo enviado aquel mismo día a su esposa el vestido y joyas con que se adornase, vio que Lisis no traía ni una flor de las que él había enviado, juzgando a disfavor o desprecio el no haberse puesto ninguna cosa de ello.

Venían las hermosas damas con sayas enteras de raso blanco; con muchos botones de diamantes, que hacían hermosos visos, verdugados y abanicos, los cabellos, en lugar de cintas, trenzados con albísimas perlas, y en lo alto de los tocados, por remate de ellos, dos coronas de azucenas de diamantes cuyas verdes hojas eran de esmeraldas, dispuestas estas, como también los vestidos, con singular cuidado desde antes que se empezara la fiesta, cinta y collar de los mismos diamantes, y en las mangas de punta de las sayas enteras muchas azucenas de la misma forma que las que traían en la cabeza, y en lo alto de las coronas, en forma de airones, muchos mazos de garzotas y martinetes, más albos que la no pisada nieve.

Finalmente, salieron tan bizarras y bien prendidas, y tan sumamente hermosas, que en la belleza imitaban a Venus y en lo blanco la castidad de Diana.

Dieron tal muestra de sí que, cuando los caballeros no miraran más de su hermosura, fuera esta el arrepentimiento de sus engaños, pues en ella veían el mayor desengaño de sus cautelas y motivo para que las perdonasen cuanto les habían reprendido, y lo que esperaban en esta penúltima noche; y las más poco atentas al decoro de su honestidad dónde aprender a saberla guardar de los engaños de los hombres, para no verse abatidas y ultrajadas de sus lenguas y conversaciones.

Llegando, pues, al estrado y hecha su cortesía a todos, en pie las aguardaban, y las desengañadoras se fueron con su presidenta Lisis al estrado, doña Estefanía al asiento del desengaño y la hermosa doña Isabel con los músicos, y sentada en medio de ellos, tomó una arpa y con su extremada voz cantó así:

A la desdeñosa Anarda,

De la corte nuevo sol,

De las vidas basilisco

Y de las almas prisión.

De unas sospechas celosas,