En tiempo que no hay amor.
Porque ya no se usa, si se usó,
Que amor, como era viejo, se murió.
No ama ninguno, no,
Que vestirse a lo antiguo, ya pasó.
—Cierto, hermosa doña Isabel —dijo acabada la música doña Estefanía—, que procuramos muy bien los engaños de los hombres cuando vos estáis notificando en vuestros versos rendimiento de un galán y desdenes de una dama.
—No todos los versos tienen héroes —respondió doña Isabel—, y advertid, señora doña Estefanía, que yo he cantado lo que ha de ser, y no lo que es; y tengo por sin duda que no todos los poetas sienten lo que escriben; antes imagino que escriben lo que no sienten; demás que, de industria, he querido consolar a estos caballeros con mostrar un hombre firme, para que tengan ánimo y esperen, en la sentencia de esta penúltima noche, buen suceso de su parte, pues pudiéramos, si por milagro se pudiera hallar uno que amase firme y perseverase desdeñoso, perdonar por él a los demás, pues me parece que os han temido después que os sentasteis a desengañar, admirándoos deidad, y que no solo los castiguéis con las palabras, mas lo ejecutéis con las obras.
—Pues así es —respondió doña Estefanía—, vaya de desengaño, advirtiendo que no ha de caminar por lo popular sino por lo majestuoso, que también hay reinas desdichadas, y reyes y príncipes crueles, porque la ley del rigor a todos comprende.
La mayor novedad que más ha de admirar, hermosas damas y gallardos caballeros, es que persona de mi hábito y estado desengañe, siendo la hacienda que primero aprendemos el engañar, como se ve en tantos ignorantes que, asidos a las rejas de los conventos, sin poderse apartar de ellas, bebiendo, como Ulises, los engaños de Circe, viven y mueren en este encantamiento, sin considerar que los engañamos con las dulces palabras y que no han de llegar a conseguir las obras; que si las del siglo fueran cuerdas, a nosotras nos habían de estimar, y aun dar gajes, por vengadoras de los engaños que de los hombres reciben; mas a esto digo que el diablo tal vez, con ser el padre del engaño, desengaña, y así haré yo ahora, que siendo de la profesión de las que engañan, desengañaré; si bien voy segura de que no servirá; porque son por imposibles tan apetecidos nuestros engaños que, mientras más lo rumian y golosean, más se enredan en ellos; y lo mismo fuera con las damas del siglo si no vendieran tan baratos los favores, que los dan a precio de engaños; y si, por ser maestra de engañar, como he dicho, no supiere ser buena desengañadora, me consolaré con saber que no he sido engañada y que no hablaré por experiencia, sino porque me sacrifiqué desde muy niña a esposo que jamás me ha engañado ni engañará.
En la fuerza de mi desengaño pondré lo moral del intento, y consolaré a las damas, asegurándolas de que si no las supiere bien desengañar, las sabré bien vengar; y diré a los caballeros que si de mi desengaño no quedaren bien castigados, lo quedarán si me buscan en estando en mi casa; porque los entregaré a una docena de compañeras, que será como echarlos a los leones.